El veneno de Bothrops alternatus destruye el tejido muscular de forma irreversible cuando el tratamiento llega tarde. Una investigación de la becaria de Ciencias Veterinarias de la UNNE, Alejandra Canedi estudia si una terapia basada en las plaquetas de la propia sangre del paciente, puede lograr la regeneración que el organismo no alcanza por sí solo.
Cada año, miles de personas y animales en América Latina son mordidos por serpientes venenosas. La Organización Mundial de la Salud reconoció este problema en 2009 como una enfermedad tropical que no recibe la atención que merece. Las víctimas son, en su mayoría, personas que viven en zonas rurales y que no siempre tienen acceso rápido a un centro de salud.
En el NEA una de las serpientes que más daño produce es la yarará grande o víbora de la cruz (Bothrops alternatus). Su veneno no solo provoca dolor e hinchazón en el lugar de la mordedura: destruye el tejido muscular, genera sangrado interno y puede dejar secuelas permanentes. Cuando el tratamiento llega tarde —algo que ocurre con frecuencia en comunidades alejadas— el daño se vuelve irreversible.
El músculo destruido no siempre se recupera solo. En muchos casos, en el lugar donde había tejido muscular queda una cicatriz fibrosa que impide el movimiento normal. Ahí es donde la investigación que lleva adelante Alejandra Canedi, estudiante de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), encuentra su objeto de estudio.
El trabajo de Canedi, realizado gracias a una Beca de Estímulo a las Vocaciones Científicas (EVC-CIN) y dirigido por la médica veterinaria Mayra López Ramos, busca conocer si un tratamiento basado en el plasma de la propia sangre del paciente, puede ayudar a regenerar el músculo destruido por el veneno de la yarará.
La terapia que estudia se llama Plasma Rico en Factores de Crecimiento (PRFC). Se obtiene procesando sangre del propio organismo para concentrar las plaquetas, que son las células encargadas de iniciar la reparación de tejidos cuando hay una lesión. Al inyectar esta mezcla en la zona dañada, se busca activar de manera natural los mecanismos de recuperación del cuerpo.
La herramienta para observar qué ocurre dentro del músculo es la ecografía. Esta técnica permite ver en tiempo real cómo evoluciona el tejido sin necesidad de cirugías ni procedimientos invasivos.
Antecedentes. Investigaciones anteriores demostraron que el veneno de las serpientes del género Bothrops contiene sustancias que atacan directamente las células musculares. Una de ellas, conocida como fosfolipasa A2, rompe las membranas de esas células y provoca su destrucción. Como consecuencia, hay un aumento en la sangre de una enzima llamada creatina quinasa, que actúa como una señal de alarma: su presencia en altas concentraciones indica que el músculo está sufriendo un daño grave.
Los estudios también documentaron que, para que un músculo se recupere después de una lesión grave, necesitan darse tres condiciones: que haya suficiente flujo de sangre en la zona, que los nervios que controlan ese músculo estén intactos y que la estructura de soporte de las fibras musculares no haya sido destruida por completo. Cuando falla alguna de estas condiciones, la regeneración es parcial o no ocurre.

Frente a esto, la comunidad científica lleva años buscando tratamientos que mejoren los resultados del suero antiofídico tradicional, que si bien neutraliza el veneno en circulación, no revierte el daño ya producido en el músculo. El PRFC aparece como una alternativa con potencial, aunque su efectividad en lesiones causadas por veneno de serpiente aún no ha sido comprobada en profundidad.
Punto de partida. A partir de lo que los estudios previos establecieron, Canedi plantea dos hipótesis. La primera es que el veneno de la yarará produce una lesión muscular de grado 3 según la escala de Malliaropoulos, que es la clasificación médica que describe las roturas musculares de mayor gravedad —aquellas que implican destrucción masiva del tejido y dificultades para el movimiento—. Esta lesión, según la hipótesis, dejaría cicatriz fibrosa en lugar de músculo regenerado.
La segunda hipótesis, que es el foco de la investigación, plantea que la aplicación del PRFC en el músculo dañado produce una recuperación de las fibras musculares que no ocurriría de forma espontánea. Si esto se confirma, el PRFC podría posicionarse como la terapia más eficaz disponible para tratar las secuelas musculares del envenenamiento por mordedura de serpiente.
Cómo se realiza el estudio. El experimento se lleva a cabo con conejos de raza neozelandés blanco, provistos por la Escuela Regional de Agropecuaria, Ganadería e Industrias Afines (ERAGIA-UNNE). El veneno utilizado proviene de ejemplares adultos de Bothrops alternatus del Centro Interactivo de Serpientes Venenosas de Argentina (CISVA), dependiente de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UNNE, y está preparado y conservado bajo condiciones controladas.
Se trabaja con cuatro conejos divididos en dos grupos de dos animales. A todos se les inyecta una dosis de veneno en el músculo del muslo derecho —el bíceps femoral— y dos horas después reciben suero antiofídico para neutralizar los efectos sistémicos del veneno. A partir de allí, el tratamiento difiere según el grupo.

En el primer grupo, uno de los conejos recibe PRFC a las 24 horas y a los 7 días de la inoculación, y se estudia su evolución mediante ecografía a los 14 días. El segundo conejo de ese grupo no recibe PRFC y funciona como punto de comparación. En el segundo grupo, el protocolo es similar pero el PRFC se aplica en tres momentos: a las 24 horas, a los 7 días y a los 14 días, con seguimiento ecográfico a los 21 días.
Esta diferencia entre grupos permite comparar no solo si el PRFC funciona, sino también si la cantidad de aplicaciones influye en la recuperación del músculo. Las imágenes ecográficas tomadas en distintos momentos del proceso serán la evidencia que permita determinar si el tejido muscular se regeneró o si quedó en su lugar una cicatriz fibrosa.
Posible Impacto del trabajo. Las mordeduras de serpiente en el NEA no son un fenómeno aislado. Son una realidad cotidiana en zonas rurales donde la atención médica veterinaria demora en llegar. Si los resultados de esta investigación confirman que el PRFC mejora la recuperación muscular, el hallazgo podría abrir camino a un protocolo de tratamiento más completo para personas y animales que sobreviven al envenenamiento pero quedan con secuelas.
Medios UNNE






