¿Por qué se quedan? (*)

Publicado en julio 2, 2026.

El seguir conociendo el nivel de vida del ex Jefe de Gabinete de Ministros me ha impulsado a un profundo examen de conciencia.

A lo largo de mis años de laburante, cada vez que en un lugar no me sentía cómodo, bien pagado o sin posibilidades de progreso, revisaba mi escuálida agenda de contactos, compraba el Clarín y comenzaba en silencio, sin prisa pero sin pausa, a buscar otro trabajo. 

En esos tiempos no existía Internet; había consultoras reservadas para puestos gerenciales o de alta dirección que me superaban y hasta las cartas debían ser manuscritas. Así era todo: muy artesanal.

En la política, eso desde hace un tiempo funciona distinto. 

Existe una clase de ser humano capaz de aceptar ingresos miserables comparados con la función que desarrollan o incomparables con los que podrían recibir en la actividad privada. 

Son altruistas o tienen un máster del MIT en masoquismo existencial; a pesar de eso, a ninguno se le cruza renunciar y, si pueden, en el momento de la jura ya están pensando en la reelección. 

A afrontar esas condiciones miserables de ingresos llaman “compromiso” (¡¡¡macho!!!, dijo la partera), lo que me hace pensar que son más patriotas que San Martín, Belgrano o Moreno, o que algo extra sucede que los mantiene atornillados.

Ningún ingreso extrasalarial es legal ni bien visto por la sociedad. Y aunque no se puede decir que existen otras cosas porque nunca las pruebas son suficientes, sí se puede pensar.

Subiendo al Fiat 147 de un amigo, hace mucho tiempo, le dije algo así como: 

Espero que ahora que asumís como concejal (lo que hoy es diputado) no cambies el coche demasiado rápido. Y me devolvió una sonrisa.

Cuando le pregunté a una exdiputada nacional a qué se iba a dedicar, me dijo: —Con otro exdiputado, vamos a poner una consultora. Repregunté ¿de qué? y su parca respuesta fue: Una consultora.

Seguro que nunca más sucedió que se pagaran sobresueldos a funcionarios de los fondos reservados, tal como lo confesó el exministro Oscar Camilión, o de la Jefatura de Gabinete (como lo confesaron allegados a exministros como Raúl Granillo Ocampo), o como lo reconoció el propio expresidente Carlos Menem. 

La diputada Marcela Pagano (ex LLA) confesó y denunció públicamente que se cobraba dinero por entrevistas y reuniones con funcionarios del gobierno, según manifiestan la revista Noticias y el diario digital Sitio Andino

Dudo que sea verdad; eso nunca pasó ni volverá a pasar.

Afortunadamente, casi no hay casos de detenidos por tráfico de influencias; rastreando con la IA sólo aparece un único caso de un exfiscal, con lo cual podemos quedarnos tranquilos que, luego de pasar varios años en la función y de conocer a propios y extraños, ninguno se dedica a “tarjetear” para hacer favores a amigos. Es obvio que deben tirar las agendas.

Podemos quedarnos muy tranquilos: en nuestra sociedad nadie recibe una moneda por izquierda ni en un sobre sin membrete. Eso que se firma y que no sirve para nada, en realidad, no es un mini comprobante de plata negra; es sólo para garantizar que lo recibido ha sido realmente entregado.

Pero algo le pasa a nuestra Sociedad que siempre duda, al menos por mitades. 

Cuando uno está en el poder, desde la vereda de enfrente aseguran que “pasan cosas”; y cuando se da vuelta la tortilla, los acusados pasan a ser acusadores. Con lo cual, la mala imagen no la construye el periodismo ni “LOS NOSOTROS“, sino los alternativos salvadores de la Patria, blancos e inmaculados, incapaces de cometer un ilícito.

Este concepto de honestidad a toda prueba se verifica no sólo en la clase política; los sindicalistas son otro ejemplo. Todos viven un poco mejor que austeramente. Si tienen algo, es porque la esposa heredó una fortuna de su padre, que quizás era gerente general de una multinacional o director de un banco suizo.

Otro ejemplo, aún más claro y caro a nuestros sentimientos, son los empresarios. 

Al extremo que muchos relacionados con la construcción confesaron que habían aportado “unas monedas”, que no era plata de ellos, sino nuestra, para que les dieran obras públicas (se subía el precio de la oferta y ese plus iba para obras de caridad) y, por esa posición altruista, por ese mea culpa, se los llamó “arrepentidos”. 

En realidad, son doblemente arrepentidos, ya que luego se arrepintieron de haberse arrepentido. Eso sí que tiene un valor extra. Ya se los está castigando con nuevas obras, tampoco es cuestión de ser rencoroso.

Eso que nunca dieron, se lo dieron a funcionarios que ganaban mucho menos en la función pública que haciendo valer su expertise en cualquier empresa privada. 

Algo los hacía quedarse. Acusaciones cruzadas, juicios eternos, abogados carísimos capaces de defender al cazador en el juzgado A y a las liebres en el B.

Nuestra probidad no tiene límites. Y pensar que todos estos benefactores de la humanidad son fruto y emergentes de nuestra sociedad. Feliz aquel que a lo suyo se parece. Podemos sentirnos orgullosos de lo que hemos engendrado.

Sin centrarnos en ningún caso en especial, por las dudas alguien se ofende y me demanda (por haberlo discriminado y no nombrarlo), pero ¡cuánto mal que nos causan! 

Es bastante indigno. 

No es para conformarnos, pero no somos los únicos que padecemos la presencia de seres extraterrestres invisibles que se dedican a vaciarnos cada caja inescrupulosamente; en otros países también pasan cosas: sobresueldos, tráfico de influencias, corrupción, favores que se pagan caro… siempre con la ajena. No hemos inventado nada; esto viene de lejos en el tiempo y en la distancia.

Quizás uno se pone hipersensible cuando ve lo que pasa en Cuba, o cómo está Venezuela, un país con 25 años de desinversión y algunos millonarios. 

Sin ir tan lejos, nosotros tenemos lo nuestro: valijas que traían desde el exterior (y quien lo descubrió se fue a su casa), valijas llevadas a un convento que no era un convento y que recibían monjas que no eran monjas. 

Fortunas en vestidores, casas fastuosas, complementos de marcas famosas, barrios enteros que son verdaderos aguantaderos de ricos con declaraciones juradas de pobres… Y pensar que todo eso es la contracara de nuestras necesidades básicas insatisfechas.

Algunos de los que disfrutan de vivir en el paraíso son influyentes, mediadores, conectados, intermediarios entre quien tiene la necesidad y quien tiene la lapicera para firmar la solución. Y ese no se quiere ir, aunque gane menos que el que sirve el café.

El ex presidente Carlos Menem dijo: “Cuando alguien se sienta a tu mesa y te habla de moral, honestidad y ética, cuando se va hay que contar los cubiertos”.

La gente entra buena y decente; el sistema, en algunos casos, los convierte en malos e indecentes. Y a lo bueno uno se acostumbra bastante rápido.

Rutas destruidas, hospitales mal equipados, médicos con sueldos de hambre, educación sin presupuesto ni salarios dignos, discapacitados mal atendidos y familiares que entregan sus vidas para hacer frente a lo que el Estado no es capaz de resolver. 

Jubilados que son mucho más que “viejos meados”, con un vademécum de PAMI cada vez menos colaborativo y unas pagas que no cubren ni la cuarta parte de lo que se necesita para vivir con mediana dignidad, son dos caras de una misma moneda. 

Eso es el alfa (el atornillado) y el omega (el que no recibe lo que corresponde). Y en el medio, el lumpenaje de traje y coche caro.

Si no puede haber justicia social de verdad (no la declarativa y marketinera), por lo menos que no haya injusticia criminal.

Quizás sea la hora de pensar: si los sueldos son tan malos como trasciende y de todos modos se quedan, tal vez padezcan el Síndrome de Estocolmo.

FIN.

(*) Edmundo “Mundy” FusterConsultor y Columnista de Opinión – CABA – Argentina

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