Es triste y desgastante intentar llegar cada día a los océanos y de allí a otros continentes, partiendo desde un río… o, peor aún, desde un espeso mar de dulce de leche pastelero.
Así está la Argentina: se pretende exportar productos con mayor valor agregado, pero primero se espera que lleguen los inversores dispuestos a instalar las fábricas y aportar el capital necesario. Sin embargo, esa expectativa se vuelve cada vez más difícil de concretar cuando, desde Asia, Europa y el resto del mundo, se observa a un país cuya propia excanciller del actual gobierno llega a declarar públicamente sobre el Presidente: “O no es muy inteligente, o es una suerte de corrupto. Elija usted. No sé”.
Como si esto fuera poco, el Presidente pretende apartar a su Vicepresidenta, pero no puede hacerlo, porque ambos fueron elegidos por el pueblo integrando una misma fórmula electoral. Y ahora, en un escenario aún más inquietante, parecen profundizarse los enfrentamientos institucionales, incluso con el Poder Legislativo, cuya independencia constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier república.
Cuando el Presidente visita el país de nuestro principal socio comercial en el MERCOSUR, Brasil, y mantiene una confrontación pública con su Presidente, legítimamente elegido por su pueblo, las consecuencias trascienden lo personal. La relación entre dos países hermanos no puede quedar subordinada a agravios, simpatías o diferencias ideológicas entre sus gobernantes. La diplomacia existe precisamente para preservar los intereses permanentes de las naciones, aun cuando sus gobiernos sean circunstanciales.
En un país donde las instituciones parecen estar permanentemente sometidas a la confrontación, la seguridad jurídica se debilita. Y sin seguridad jurídica resulta difícil esperar que los inversores arriesguen su capital a largo plazo. Ningún proyecto industrial serio se construye únicamente sobre promesas: necesita reglas claras, previsibilidad, estabilidad institucional y respeto por los compromisos asumidos.
Lo más alarmante es que nuestro dulce de leche comienza a espesarse tanto que deja de ser alimento para transformarse en una especie de arena movediza… y, en ese silencio espeso, nos hundimos lentamente, hasta correr el riesgo de desaparecer como país capaz de decidir su propio destino.
Y a todos aquellos que me consideran —o me califican peyorativamente— como peronista, kirchnerista, comunista, izquierdista o cualquier otra etiqueta, a la que algunos incluso agregan el término “terror” para construir un insulto compuesto, les diría que esperaba una respuesta más intelectual, más seria y más respetuosa.
Esperaba, simplemente, que me señalaran con claridad dónde está mi error, en qué parte de mi razonamiento me equivoco o qué afirmación de esta parábola consideran incorrecta.
Porque su único propósito no es partidario ni ideológico. Es despertar la reflexión y, sobre todo, el amor por nuestra querida tierra y por nuestra patria, procurando que el debate se mantenga libre de prejuicios y de etiquetas políticas.
No busco confrontar. Busco integrar, que alguien me diga, con argumentos, dónde me equivoco.
Siempre he sido radical y filopatriota, y jamás lo he ocultado. Pero si defender a mi patria, negarme a ser cipayo y no rendir culto automático a todo lo extranjero implica que algunos decidan calificarme con esas etiquetas, las asumiré sin temor ni reparos.
Mi propósito es exponer, con honestidad, la lamentable realidad que atravesamos y la imagen que hoy proyectamos hacia el exterior. Porque un país no puede pretender atraer inversiones, desarrollar su industria, generar empleo y conquistar nuevos mercados si, al mismo tiempo, transmite incertidumbre, confrontación permanente e inestabilidad institucional.
Por eso invito a todos a releer esta parábola y, dejando de lado las etiquetas políticas, responder con franqueza:
¿No refleja, acaso, una parte de la realidad que estamos viviendo?
Y si mi interpretación es equivocada, estaré dispuesto a escuchar argumentos que demuestren dónde está mi error. Porque la discusión inteligente no se construye con insultos ni descalificaciones, sino con ideas, razones y respeto.
(*) Por el Ing. José Sesma






