¿Qué tendremos los argentinos?
¿Una maldición bíblica? ¿Habremos sido meados por dinosaurios? ¿O alguien fue con el cuento de que las manzanas que Adán y Eva no debían comer en el Paraíso eran, en realidad, de Río Negro?
Porque siempre nos sale un grano.
En estos días, una funcionaria de la Municipalidad de Morón, hoy apartada de su cargo y desaparecida de los lugares que solía frecuentar, fue acusada de mantener vínculos con el narcotráfico.
Más cerca en el tiempo, un funcionario heredado por el gobierno de Javier Milei de administraciones anteriores, extitular de ARSAT y del ORSNA, fue detenido tras un allanamiento en un departamento del barrio porteño de Palermo, donde se encontraron millones de dólares en efectivo, drogas y otros elementos que deberán ser explicados ante la Justicia.
Uno podría preguntarse quién no tiene un par de palos verdes guardados en efectivo y algunos gramos de sustancias prohibidas en su casa. Sin embargo, parece que para los jueces esa pregunta no corre.
Como para no perder las buenas costumbres nacionales, tampoco faltan los jubilados prestamistas de cien mil dólares, los desarrolladores inmobiliarios eternamente financiadores, los contratistas a los que nunca les pagan o los que cobran lo que dicen que no les pagan.
Con ejemplos así, viejos o nuevos, notorios o silenciosos, podríamos iniciar una revisión histórica y preguntarnos si algunos de los personajes contemporáneos no merecerían disputarles el lugar a los Padres y Madres de la Patria.
Estas alentadoras noticias de tierra adentro probablemente no afecten la llegada masiva de inversiones prometidas para este noble y generoso país. Sin embargo, conviene no perder de vista otros factores que suelen observar quienes analizan dónde colocar su dinero, generar empleo y desarrollar proyectos productivos.
Pero lo verdaderamente preocupante no son estos episodios.
Al menos para un viejo, pobre y enfermo, con expectativas de vida que disminuyen día tras día, lo alarmante es la liviandad con la que algunos describen el camino que separa el desastre del que venimos de la tierra prometida que nos prometen.
Porque pasar de un país atravesado por la corrupción, los privilegios, los empresarios prebendarios, los sindicalistas eternos y la decadencia estructural a una sociedad ordenada, eficiente y próspera no ocurrirá de un día para otro.
Y en ese tránsito habrá gente que no llegará a destino.
Toda transformación tiene ganadores y perdedores.
Siempre fue así.
Lo vergonzoso es que algunos parecen considerar que ciertos sectores de la sociedad tienen el mismo valor que la cáscara de una papa: se pela, se aprovecha lo útil y el resto se tira.
Así aparecen las pateras.
En una de ellas viajan quienes ya vienen golpeados desde hace años: jubilados, discapacitados, enfermos crónicos, pacientes oncológicos, personas con problemas de salud mental, hemofílicos, empleados públicos y otros sectores vulnerables.
La embarcación está sobrecargada, hace agua y avanza rodeada de tiburones y cocodrilos.
Ni siquiera se les arroja un salvavidas.
Mucho menos un bote de apoyo.
Si un jubilado necesita, según estimaciones ampliamente difundidas, cerca de dos millones de pesos mensuales para sostener un nivel de vida razonable y la enorme mayoría percibe apenas una fracción de esa suma, resulta difícil seguir hablando de una vejez digna sin sentir cierta incomodidad.
Al lado navega otra patera.
Está en mejores condiciones.
La ocupan profesionales, pequeños empresarios, comerciantes, trabajadores calificados y buena parte de esa clase media que durante décadas fue el orgullo nacional.
No corren el riesgo inmediato de ser devorados por los cocodrilos, pero tampoco tienen garantizada la llegada.
El viaje es largo y las provisiones son escasas.
Muchos subieron convencidos de que el esfuerzo valdría la pena, aunque empiezan a preguntarse cuánto tiempo más podrán resistir.
Este modelo económico todavía no ha construido una red de contención para quienes van quedando en el camino.
La vieja y pujante clase media argentina, hoy más cultural que económica, observa cómo su capacidad de consumo, ahorro y proyección se reduce progresivamente.
Y así llegamos al tercer año del proceso de poner la casa en orden.
Otra vez a barajar y dar de nuevo.
Mientras tanto, gran parte de la dirigencia política parece tener la cabeza puesta exclusivamente en 2027.
El oficialismo piensa en la reelección.
La oposición se encuentra fragmentada, sin liderazgo claro y más preocupada por sus internas que por construir una alternativa.
El PRO evalúa estrategias propias.
La izquierda vuelve a presentar sus propuestas tradicionales.
Todos juegan su partido.
Todos hacen cálculos.
Todos miran encuestas.
Los que podrían aportar inversiones significativas también esperan.
Porque una cosa es invertir en un país con continuidad política y otra muy distinta hacerlo en uno cuyo rumbo podría modificarse sustancialmente en pocos meses.
Por eso muchos prefieren observar desde afuera.
Esperar.
Tomarse un café.
Y recién después decidir.
Los empresarios más optimistas destacan los grandes indicadores macroeconómicos.
La inflación descendente.
La estabilidad cambiaria.
La recuperación del crédito.
La disciplina fiscal.
La mejora de ciertas variables que durante años parecían imposibles.
Y probablemente tengan razón.
Supongamos incluso que todo eso continúe mejorando.
Supongamos que el rumbo sea el correcto.
La pregunta sigue siendo la misma:
¿Cómo sobreviven quienes deben atravesar el desierto mientras llega el oasis?
Porque la macroeconomía puede mostrar señales alentadoras mientras millones de personas siguen enfrentando problemas muy concretos para llenar la heladera, pagar medicamentos, sostener un comercio o llegar a fin de mes.
Ha comenzado el tiempo en que una parte importante de la sociedad deberá decidir qué le resulta más cercano a sus expectativas.
La continuidad.
O el cambio.
Ambas opciones tienen ventajas, riesgos y costos.
Volver atrás para recuperar desequilibrios permanentes, inflación crónica, alineamientos internacionales cuestionables, emisión sin límites y festivales de oportunistas no parece una alternativa especialmente atractiva.
Pero continuar indefinidamente con salarios y jubilaciones que muchas veces resultan ofensivos por insuficientes, con un consumo deprimido, cierres de negocios, pérdida de empleos y una creciente sensación de desgaste social tampoco entusiasma demasiado.
La violencia discursiva.
Las descalificaciones permanentes.
Las internas por espacios de poder.
Las distintas varas utilizadas para medir presuntos hechos de corrupción.
La falta de empatía frente a quienes atraviesan dificultades reales.
Todo eso también forma parte de la ecuación.
Existe una idea muy instalada según la cual si hoy cierra una heladería, mañana abrirá un maxikiosco.
Como si detrás de cada persiana baja no hubiera personas.
Como si detrás de cada empleo perdido no existiera una familia.
Como si el tiempo necesario para reconstruir una vida fuera apenas una cuestión estadística.
También se nos recuerda permanentemente que nada cambia de la noche a la mañana.
Y es cierto.
Pero justamente por eso alguien debería pensar en quienes necesitan ayuda para atravesar el trayecto.
Nadie con dos dedos de frente puede esperar que la Argentina pase de la noche a la mañana de país tercermundista con pronóstico reservado a potencia desarrollada.
Lo que sí puede esperarse es que alguien piense en el tránsito.
En el recorrido.
En el puente entre lo que somos y aquello que aspiramos a ser.
Y justamente de eso se habla poco.
La casta sigue viva.
Las internas siguen paralizando decisiones.
Las explicaciones pendientes siguen acumulándose.
Y la paciencia social, como cualquier recurso, tampoco es infinita.
Los argentinos tenemos una memoria curiosa.
Nos olvidamos rápidamente de las causas y solemos concentrarnos únicamente en las consecuencias.
Nos quejamos cuando aumentan las tarifas y olvidamos años de subsidios.
Nos quejamos por la falta de infraestructura y olvidamos décadas de desinversión.
Nos quejamos de los problemas actuales sin recordar muchas veces las decisiones que ayudaron a construirlos.
Hay algo peor que atravesar este río lleno de tiburones y cocodrilos en una patera desvencijada y sobrecargada.
Y es volver a la orilla.
Empezar otra vez desde cero.
Comprar una nueva tanda de espejitos de colores.
Y hacer fila, día y noche, para conseguir un camarote de lujo en el viaje inaugural de un nuevo Titanic.
(*) Por Edmundo “Mundy” Fuster – Consultor y Columnista de Opinión – CABA – Argentina
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