Alfredo Casero instaló hace tiempo una metáfora que hoy recobra vigencia: el “queremos flan”. En medio de una casa incendiada y en ruinas, el reclamo insistente y descontextualizado se vuelve una fijación. Y cuando alguien tiene una idea fija, es casi imposible hacerlo entrar en razones. Como el niño que en el kiosco no pide caramelos, sino que quiere “algo”, nuestra sociedad manifiesta su angustia y vocación reformista —o destituyente— en cada rincón, desde los debates televisivos hasta la cola de la feria.
Bandera de los nuevos tiempos
Sin embargo, hasta hace poco, a esa queja le faltaba un eje. Ese eje hoy es el caso Adorni. Se ha convertido en la bandera de los nuevos tiempos, una figura que se autoalimenta y opaca cualquier otro tema de la agenda nacional. Ni el juicio por la expropiación de YPF, ni la baja en la desocupación, ni los escándalos policiales o deportivos logran deglutir la centralidad de este caso.
Guardando las distancias y sin pretender comparaciones con tragedias históricas de nuestra democracia, estamos ante un presunto caso de corrupción con una potencia movilizadora poco frecuente, capaz de eclipsar desde el drama de los jubilados hasta las noticias más cotidianas.
Estado de shock
El Gobierno parece no encontrarle “el agujero al mate”. Sigue en estado de shock, mezclando penurias económicas con estadísticas oficiales que no permean en los bolsillos famélicos de la gente: jubilados, discapacitados, el hospital Garrahan y las universidades. Como contrapartida, los sueldos “en blanco” de funcionarios jerarquizados alimentan el malestar, frente a una oposición incapaz de articular ideas más allá de lo destituyente.
Un poco menos de soberbia, algo de empatía y la capacidad de reconocer el error —quizás un pedido de licencia a tiempo— habrían dañado menos la imagen oficial y evitado regalarle bidones de nafta a la oposición. Entre sus muchas virtudes, esta gestión destaca por una capacidad asombrosa para autolesionarse sin ayuda externa.
Conclusión
Al final del día, el análisis nos lleva a una realidad incómoda pero honesta. Haber votado a este gobierno y mantener el espíritu crítico no son posturas contradictorias; son, definitivamente, las dos caras de una misma moneda.
(*) Por Edmundo Fuster






