Pollo o pasta: un menú para el poder (*)

Publicado en julio 17, 2026.

“Las normas electorales son las “reglas del juego” del sistema, explican el comportamiento de los actores políticos, porque, dependiendo de su sentido, se introducen incentivos y restricciones, costos y beneficios para la acción”, Jorge Eduardo Simonetti, “Las zonas oscuras de la democracia”, ed. 2020

El objetivo del gobierno: la reelección del presidente Milei. El instrumento: el cambio de las reglas electorales. El contenido: la eliminación o suspensión de las Paso y el restablecimiento del sistema de colectoras “sui generis”. El encargado de obtener los votos: el Jefe de Gabinete Santilli. La presa: los votos legislativos de los gobernadores “amigos”. La zanahoria: Dinero para las Provincias.

El gobierno nacional todavía no reúne los votos necesarios para suspender o eliminar las Paso e introducir la posibilidad de colectoras “sui generis”, que le permitan a Javier Milei recolectar votos de todos lados sin realizar alianzas políticas formales y que, a su vez, impidan al peronismo definir su interna a través de primarias.

En el libro mencionado, decía yo que “el sector político gobernante tiene la posibilidad de manipular las reglas para facilitar o reforzar sus propias posiciones. Es lo que viene sucediendo permanentemente.” (p.274).

Dijo el célebre politólogo italiano Giovanni Sartori que “la ingeniería electoral deja de ser técnica y se convierte en botín cuando el árbitro y el jugado comparten el mismo despacho”.

La manipulación de las reglas electorales por el poder político de turno es la vieja costumbre de la política argentina, y los libertarios no son la excepción. Con normas a medida, obtienen a su favor el efecto “cancha inclinada”. En este caso, el objetivo es la reelección del presidente Milei.

“En Argentina, las reglas electorales son el menú que el gobierno reescribe a conveniencia en cada elección”

El encargado de juntar los votos para cambiar las reglas es el “colorado” Santilli, un ubicuo negociador encargado de mostrar la zanahoria a los gobernadores, mucho de los cuales no hesitaron en fotografiarse con el Jefe de Gabinete en el momento de su asunción.

Existe una relación directa entre la fortaleza de una democracia y la estabilidad de sus normas electorales. No porque las leyes deban ser eternas o inmunes a las transformaciones históricas, sino porque la continuidad de las reglas genera confianza, previsibilidad y legitimidad. Lo contrario produce sospecha, incertidumbre y desconfianza.

Argentina parece haber naturalizado una práctica que debería ser excepcional: modificar las reglas electorales según las necesidades del momento. Paso sí, Paso no. Colectoras sí, colectoras no. Boletas de un tipo, boletas de otro. Alianzas permitidas o restringidas. Sistemas que aparecen, desaparecen y reaparecen según las conveniencias de quienes tienen la capacidad de reunir una mayoría parlamentaria circunstancial.

Lo preocupante no es la reforma en sí misma. Las democracias evolucionan y sus instituciones también. Lo preocupante es la frecuencia, la oportunidad y, sobre todo, la motivación de esos cambios.

Porque quienes generalmente impulsan las modificaciones no son observadores neutrales ni académicos preocupados por el perfeccionamiento institucional. Son actores políticos que compiten por el poder y que, muchas veces, descubren las virtudes o defectos de un sistema electoral según el lugar que ocupan en la escena política.

Lo que ayer era una herramienta democrática indispensable, mañana se convierte en un obstáculo intolerable. Lo que antes se denunciaba como una deformación institucional, luego pasa a ser defendido como una necesidad republicana.

“El Jefe de Gabinete es el encargado de juntar los votos legislativos de los gobernadores amigos, a cambio de dinero para las Provincias. Toma y daca a full”

El fenómeno merece un nombre propio. Podría llamarse el “caso argentino”. Una persistente tendencia a manipular las instituciones desde las propias instituciones. Una especie de paradoja permanente. O, si se prefiere, una verdadera “desinstitucionalidad institucional“.

Conviene decirlo sin eufemismos: una regla electoral que se reescribe cada vez que cambia la conveniencia coyuntural del poder de turno no es una regla, es un menú.

De ahí el título: democracia a la carta. No hay principio organizador más allá de la conveniencia coyuntural, no hay compromiso con una arquitectura institucional que trascienda a quien gobierna hoy. Hay, apenas, un catálogo de opciones que el oficialismo revisa antes de cada turno electoral, como quien decide entre la pasta y el pollo según el hambre del día.

El problema no es solamente estético. La ciencia política es clara en esto: la estabilidad de las reglas electorales no es un capricho formalista, es la precondición de la propia idea de competencia democrática.

Cuando las reglas cambian con cada gobierno, el resultado deja de ser creíble no porque haya fraude en el conteo, sino porque hay sospecha fundada en el diseño.

Nadie compite de la misma manera si sabe que las reglas de la próxima mano las escribe el que ganó la mano anterior.

Brasil también lo hace, no así las democracias que uno normalmente cita como referencia -Alemania, Reino Unido, incluso Uruguay en nuestra región- que comparten un rasgo que a nosotros nos resulta casi exótico: los cambios estructurales al sistema electoral requieren consensos amplios, mayorías calificadas, años de debate. Acá alcanza con una ley ordinaria y los votos de una sesión.

“Pollo o pasta: el menú que el oficialismo elige en cada comicio. Una debilidad estructural de la democracia argentina”

Un ejemplo futbolero. Estamos en el Mundial. Compite el seleccionado de nuestro país por el título. Pero el reglamento del partido está establecido de antemano. Y, aunque en todos lados se cuecen habas, seguramente no cambiarán las reglas para favorecer a uno u otro contendiente.

En la teoría política elemental, las normas electorales son el equivalente a los límites del campo de juego: inalterables. Su valor supremo reside en su continuidad; en esa respetable rigidez que impide que el dueño de la pelota decida, a mitad de la competencia, que el arco del equipo contrario sea mayor en largo y alto, o que los jugadores que no tengan una atura mayor a la de 1,70 no pueden jugar.

La democracia necesita elecciones libres, pero también necesita reglas estables. Necesita alternancia, pero también previsibilidad. Necesita representación, pero también instituciones capaces de sobrevivir a los gobiernos.

Si las instituciones, caso de las normas electorales, son objeto de manipulación coyuntural a través de mayorías circunstanciales o negociaciones espurias en lugar de consensos profundos, la democracia se vuelve el rótulo engañoso de un sistema viciado y perverso.

Y cuando eso ocurre, el problema ya no es electoral. Es institucional. Y, en última instancia, profundamente democrático.

(*) Por  Dr. JORGE EDUARDO SIMONETTI – Jorgesimonetti.com

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