El espejo que molesta (*)

Publicado en abril 7, 2026.

Evito ser autorreferencial. No me gusta involucrarme personalmente en mis artículos porque prefiero escuchar y traducir el sentir de la gente, esa fuente inagotable de inspiración. Sin embargo, esta introducción nace de una cena con antiguos compañeros de facultad; una media docena constante y algunos extras que aparecen y desaparecen.

Somos un bloque que asiste a exposiciones de pintura de uno, a exhibiciones de tango de otro o a encuentros de jazz de quien toca el saxo. Yo acudo a casi todas las convocatorias, aunque no siempre me diviertan. A cambio, les devuelvo la gentileza —o la “tortura”, según el caso— enviándoles mis editoriales. Y cuando nos juntamos a cenar, el tema siempre sale.

Uno de ellos, el único que terminó la carrera y hombre de sinceridad brutal, me soltó sin anestesia: — Me cuesta mucho leerte. Cuando llegan los “palos”, siento que me habláis a mí. Sé que no es tu intención, pero no puedo evitar pensarlo.

No tuve tiempo de reaccionar porque otros dos se sumaron a la queja. Me quedé pensando: ¿cómo es posible que personas tan diferentes se sientan igualmente agredidas por generalidades? Fue el “especialista en divorcios” del grupo quien dio en la tecla: — Tus artículos molestan porque interpelan.

Esa síntesis me quedó revoloteando en la cabeza. Es cierto: mis textos son una expresión fiel de lo que pienso. Comienzan con una descripción de la realidad, pero enseguida viran hacia la interpelación. Si llegaste hasta acá, te cuento lo que realmente pienso sobre nuestros males crónicos:

La casta somos todos La “casta” no habita exclusivamente en los políticos. Es abarcativa. La constituye el fanatismo del statu quo: sindicalistas, asociaciones profesionales, iglesias y movimientos sociales. Cualquier agrupación donde impere el “espíritu de cuerpo” por sobre el bien común. Se sienten fiscales de la República e intocables; por eso la lucha contra la casta se viene perdiendo por goleada.

La corrupción de guante blanco La evasión es la forma elegante de la corrupción. Se evade todo: lo previsional, lo impositivo, lo aduanero. No hay valla que no se salte si existe la complicidad, por acción u omisión, de quienes deben controlar. Administraciones, sindicatos y federaciones miran para otro lado. Por ese agujero negro se van las rutas, los hospitales y las escuelas que nos faltan.

El círculo vicioso Nuestro himno popular es Cambalache. A casi cien años de su estreno, parece escrito ayer. Cacho Castaña nos pintó de cuerpo entero en 1988 y la murga Agarrate Catalina nos dio una síntesis elocuente en 2015: “Soy el plan perfecto que ha salido mal”.

Estamos en un círculo vicioso. Quienes modelan la sociedad —dirigentes políticos, sindicales, eclesiásticos y empresariales— no vienen de otro planeta. Son tan nuestros como el colectivo o el dulce de leche. Son el emergente de la misma sociedad que los sufre. Tenemos lo que tenemos porque somos como somos.

Una Justicia que llega tarde A veces pienso que la Justicia no es lenta; es que la corrupción va demasiado rápido y son demasiados los involucrados. Cuando la sentencia llega, muchas veces es post mortem: el dinero ya no está y el daño es irreparable. De la justicia laboral mejor ni hablar; mi propio juicio está por cumplir nueve años. La calesita sigue dando vueltas.

El voto pasional vs. el racional Todos queremos seguridad, educación y salud de calidad. Queremos jubilaciones dignas y rutas aptas. Sin embargo, hemos votado reiteradamente a quienes, por ineptitud o indecencia, hicieron lo contrario. Es lógico: han convertido al votante en un ser pasional, no racional. Y las consecuencias se pagan.

Mirar sin ver Si el problema fuera que miramos para otro lado, la solución sería sencilla. Pero es más profundo: miramos, pero no vemos, oímos, pero no escuchamos. Seguimos soñando con realidades mágicas mientras los mismos de siempre, o sus sucesores, nos siguen encajando en el barro.

¿Tiene solución? ¿Alcanzará con ser un país exportador de energía y minerales? ¿La modernización laboral terminará con el trabajo en negro o simplemente se “uberizará” a la sociedad?

Más allá del éxito o fracaso de esta gestión, queda el interrogante: ¿encontrará el que venga algo bueno para continuar o será, otra vez, un volver a empezar? La alternancia le hace bien a los países, pero para eso hace falta lo que hoy no tenemos: agenda común, seguridad jurídica y políticas de largo plazo.

Al final, estoy seguro que lo lograremos. Pero, por ahora, sigue siendo más difícil que remar en dulce de leche.

(*) Por Edmundo Fuster

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