Corrientes

Día de la Memoria, Juan Maneiro, el Héroe Olvidado (*)

Publicado en marzo 24, 2024.

Víctima de la guerrilla de la década del 70, el joven policía varelense tenía a su esposa embarazada y una “hija del corazón” cuando lo asesinó un comando montonero. Sin embargo, nunca fue recordado en nuestra ciudad.

Carla Cecilia Maneiro tiene 38 años. Es madre de cuatro hijos, y también abuela, pese a su corta edad. Su padre, Juan, al que nunca conoció, tenía solo 22 años cuando un comando guerrillero terminó con su vida en la sangrienta Argentina de la década del 70.

De chiquito, Juan vivió con su familia en el Barrio El Rocío, y después en la calle 25 de Mayo, de Florencio Varela, y fue a la Escuela Nº 17, salvo los días de tormenta, porque esos días, le daban miedo y prefería quedarse en casa. Hizo la Secundaria en el Colegio San José Obrero, de Solano, y se casó con la mujer que siempre quiso: Alicia Bruni. Sus sentimientos eran tan fuertes y su amor tan grande, que quiso que la hija de Alicia, Karina, llevara su apellido. Era policía de la Federal, pero tenía ganas de dejar la Fuerza. La inestable situación política del país lo había convencido de ello. Además, Alicia estaba embarazada y quería un futuro más tranquilo.

El 19 de marzo de 1976, cuando Juan estaba haciendo guardia en el Consulado de Kuwait, en la calle Lima, de la ciudad de Buenos Aires, a eso de las diez de la noche, desde un Ford Falcon, le dispararon con una ametralladora y lo mataron sin darle tiempo a defenderse. Eran los últimos días del gobierno de Isabel Perón.

La Argentina era un campo de batalla, donde los guerrilleros de “Montoneros” y el “Ejército Revolucionario del Pueblo” mataban a mansalva, en plena Democracia. Faltaba menos de una semana para el golpe de estado que pondría a Jorge Rafael Videla al mando del país.

Juan nunca volvió a su casa. Alicia y Karina nunca encontraron respuestas a lo que pasó. A Juan lo sepultaron en el cementerio de Florencio Varela, con todos los honores, en una ceremonia a la que asistió, solo, sin custodia, el General Albano Harguindeguy, jefe de la Policía Federal. La noche del velorio, Carla Cecilia llegó al mundo sin saber que nunca iba a poder conocer a su padre.

En estos 38 años pasaron muchas cosas en la Argentina. A la anarquía del peronismo de Isabel y las bombas de la guerrilla la siguió una Dictadura sangrienta, que se extinguió tras la Guerra de las Malvinas. A la Guerra la sucedió la Democracia. Pasaron Alfonsín, Menem, De la Rúa, los Kirchner… A los guerrilleros se los transformó en heroicos jóvenes románticos. Sus víctimas, los miles de inocentes asesinados en la búsqueda no de una defensa de la Democracia, sino de la constitución de una “Patria Socialista”, fueron borrados de la memoria colectiva, no tienen “derechos humanos”, nadie que los defienda ni los
recuerde.

38 años después, la historia se cuenta distinta.
Carla Cecilia tiene unos enormes ojos verdes que heredó de Juan. No es lo único. Al comparar las fotos de ambos, el parecido es sorprendente. Habla en forma calma, y se refiere a él con cariño. “Mi abuela decía que yo tengo el timbre de voz de mi papá, y los ojos como él, y que lo bueno era que no tenía la nariz de mi papá”, cuenta.

-¿Qué sabés sobre tu padre?
-Que era una buena persona, algo infantil y divertido.

¿Cómo se conoció con tu mamá?
-Mi mamá lo conoció de chiquita porque mis dos abuelas trabajaban juntas. Al principio mi papá la adoraba, pero ella miraba para otro lado… Mamá quedó embarazada a los 17 años y el muchacho que estaba con ella le dijo que si el hijo no era un varón, el no se iba a hacer cargo. Como era una nena, se rompió la relación y ella siguió sola. Nació mi hermana Karina, y tiempo después se puso de novia con mi papá… El quiso darle su apellido a mi hermana, se casaron, mamá quedó embarazada de mí… y antes de que se cumpliera un año de matrimonio lo mataron. Por eso costó que yo tuviera su apellido, poder probar la paternidad. Aunque se solucionó. Soy muy parecida a él. No tan alta, pero sí bastante grandota.

-¿Cómo siguió la vida después del asesinato?
-Cuando lo mataron mamá se mudó a Sourigues, sufrió un largo tiempo de depresión y tuvo un tratamiento psiquiátrico, pero hasta el día en que murió no asumió esa pérdida.

-¿Cómo fue crecer sin tu padre?
-Hasta mis quince años fue difícil para mí. Como la fecha de la muerte y la de mi cumpleaños coincidían, me planteaba por qué iba a festejar. De chiquita no quería regalos para mi cumpleaños, quería que de febrero se pasara a abril, que no hubiera un marzo… Porque en marzo mataron a papá, en marzo era mi
cumpleaños… Y era muy fuerte eso, que las dos fechas coincidieran en el mismo mes. Años después mamá también falleció en marzo. Ella me llevaba al cementerio, a llevarle el boletín a mi papá… En ese momento era un honor para mí, ir a decirle a mi papá que me había portado bien, que había pasado de grado.

Solo cuando me casé reaccioné. Y sin culpar a mi mamá, me dí cuenta de su inmenso dolor, al llevarnos a hacer eso, que era su manera de acercarnos a mi papá. Estuve mucho tiempo sin ir al cementerio, y recién volví después de diez años.

-¿En el colegio te preguntaban algo?
-Íbamos a un colegio privado de Berazategui porque mamá tenía miedo de la guerrilla. Nunca nos faltó nada económicamente pero sí afecto, mamá estaba tan ida que no nos acariciaba como yo hoy acaricio a mis hijos. Ella nos daba todo, pero sin cariño, como metida dentro de una burbuja… Era difícil ir al colegio. Y hay cosas de mi infancia que no recuerdo. Quizás sea una cuestión mía querer
olvidar…

-¿Qué sabés de lo que pasó?
-A papá lo mataron en marzo y en mayo ellos cumplían el aniversario. Lo mataron los montoneros cuando estaba haciendo guardia en el consulado de Kuwait, supuestamente por un error, porque parece que buscaban a otro policía. Bajaron de un Falcon, lo saludaron, él les hizo la venia, el primer tiro le sacó la mano, quedó indefenso porque ya no tenía como defenderse. Y según el informe del médico tuvo dos descargas de ametralladora en el cuerpo. El quería dejar la Policía porque era una época difícil. Y quería que yo naciera en el Hospital Churruca. Pero nací en Florencio Varela, la noche que estaban velando a mi
papá,. Nací con un problema respiratorio, estive mal mucho tiempo… Al final, él no pudo dejar la Policía ni yo nací en el Churruca.

-¿Tu mamá nunca rehizo su vida?
-Cuando yo tenía doce años mi mamá empezó una relación con un novio de su infancia. Pero duró poco tiempo. Después nunca más… Nos dijo que no quería llevar a nadie a casa porque tenía el temor de que pudiera abusar de sus hijas. Así que nunca rehizo su vida. Vivió en su soledad, con sus alpargatitas, joggings, no salía… Hace un año y medio que falleció… Ella se dejó estar. Recibió una buena pensión porque papá murió en cumplimiento del deber. Pero decía que esa plata no le servía, que hubiera preferido tener a su marido, tener un apoyo para sus hijas. Nos cuidó, protegió y sobreprotegió, pero el lugar de padre es insustituible.
Por suerte tengo una grabación chiquitita con la voz de ella… Porque cuando alguien muere, con el tiempo uno se va olvidando de las voces por más que quiera retenerlas.

-¿Tu familia recibió alguna indemnización por la muerte de tu padre?
-Hubo una indemnización que se pagó en dos mitades. Una mitad la usó mi abuela para viajar a Italia, y la otra quedó para mi hermana y yo, para cuando fuéramos mayores, pero la inflación llevó ese dinero a nada.

-¿Tuvieron algún reconocimiento?

Mientras fuimos chicas íbamos una vez por año a la sede central de la Policía Federal, al Patio de las Palmeras, a un homenaje que se hacía a los policías caídos, pero nada más. Cuando pedí un trabajo en la Policía me dijeron que no había nada para mí. Entré y me fui… Por suerte ahora tengo un trabajo estable.

-¿En Florencio Varela nunca se le hizo un homenaje a tu padre?
-Nada. Nunca. Para colmo, cuando volví al cementerio ni siquiera podía encontrar su tumba. La sepultura parece la del peor de los ladrones. Se robaron el mármol y el bronce, faltan las placas, el pasto está crecido, está en el peor lugar… Nadie puede saber que ahí hay un policía muerto. Y yo tengo que pagar todos los años para renovar la tierra. Es una vergüenza.

-¿Qué sentís cuando ves que hoy se cuentan las cosas de una forma distinta a como fueron en realidad?

-Es muy difícil. Ahora hay otra versión de la historia. Hay gente que dice que los policías estaban involucrados, que está bien lo que les pasó. Y hay gente que piensa que no. Yo escuché, pero no lo viví. Todo el mundo habló siempre bien de mi papá… En esa época se mataba por matar, y por más que se hayan equivocado, y pidieran disculpas, no le devolvían la vida a nadie.

-¿Tu mamá hablaba de la guerrilla?
-Mamá nos cuidó mucho sobre todo ese tema… Yo a los 17 años me casé, quería salir del departamento, de abajo de la pollera de mamá… Nunca tuve con ella las charlas que hoy se tienen con los hijos. Ella vivía con mucho miedo, nos cuidaba demasiado.
Nos decía que lo habían matado, pero no nos explicaba qué era lo que había pasado. Con el tiempo sí, fui hablando con mi abuela, mi tía, y fui sabiendo más.

¿No es injusto que sólo se recuerde a las víctimas de la Dictadura?
-Es injusto. Que el nombre de mi papá solo esté en una placa en el Departamento de Policía es muy poco. No se reconoce a la gente que la guerrilla mató… Papá no usaba siempre uniforme, esa vez estaba ahí pero no era lo habitual, no era su trabajo. Mataban a cualquiera y sin importarle si tenía mujer o hijos…. ¿Qué derecho tenían de matar? El policía no puede abusar de su cargo, y tampoco cualquiera tiene por qué matar a su policía solo por serlo.

¿Qué te genera ver que algunos montoneros hoy están en el Gobierno?
-Me brota. Me da bronca. Pero dicen que uno recibe lo que hace. Y que como uno es, le vuelve… Por más enojo que yo tenga, no les va a llegar. Por eso, no vivo con rencor. El rencor no sirve, no puedo criar así a mis hijos y mi nieto. El rencor no me devuelve a mi papá… Pero como ellos fueron, así van a terminar.
 
Juan Maneiro fue uno de los mártires de una época de sangre que no se debe olvidar, ni recordar parcialmente, que es la peor forma del olvido. Sin embargo, en Florencio Varela no hay escuelas ni calles que lleven su nombre.
Tal vez porque no sea “políticamente correcto” encuadrar a la década del 70 en su realidad histórica. Como si el dolor de una jovencita embarazada y una pequeña chiquita no fueran iguales al de cualquier otra persona a la que le arrebataron a un ser querido violentamente. Como si la muerte tuviera ideologías.
Pero Juan Maneiro fue un héroe. El héroe olvidado.
 
(*) Revista Extraordinaria de Mi Ciudad, diciembre de 2014

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