Seguinos

Opinión

Ley de salud mental, una deuda pendiente

Publicado

el

El caso de “Chano” Charpentier de hace unos meses, reavivó el debate por la polémica que se genera alrededor de La ley de Salud Mental. No es el único caso, pero como suele suceder, cuando le pasa a una figura conocida, el tema cobra notoriedad pública y comienza a ser parte de la agenda política de las cuestiones a resolver.

Siempre ha sido muy compleja de implementar en nuestro país de forma exitosa para el paciente, y familiar a cargo, ya que se ignoran los conceptos básicos de la enfermedad. Es verdad que a este problema se le suma, el mandato erróneo o mito de que internarlos es abandonarlos. Siempre estuvo flotando el posible prejuicio de que este como “mal visto”.

En cuanto a las respuestas que el familiar puede encontrar en el estado, frente a esta problemática, son insuficientes. Los distintos gobiernos aún no han dado respuestas eficientes a un problema que se arrastra hace décadas, sin que ofrezca soluciones que contemplen la integridad, atención, y derecho a la salud del paciente.  La última reforma, fue votada en 2010, a libro cerrado en diputados, casi sin debate en senadores, y sin participación de ningún integrante de la Facultad de Medicina ni de las sociedades psiquiátricas de Argentina, algo impensado tratándose de una ley relativa a la salud.

Hoy, diez años después de aquella reforma, los problemas siguen sin solución, lo único que han hecho es generar más obstáculos a la hora de definir la internación y el tratamiento. Gran parte de la falencia de esta ley es que el médico psiquiatra se encuentra con un sinfín de trabas burocráticas, a la hora de firmar una internación.

En algunos casos hay tiempo de evaluar la mejor decisión pertinente. Pero ¿qué pasa en los casos donde hay un paciente en pleno brote psicótico, incapaz de razonar sobre sus actos, y a riesgo de matar al familiar, o a si mismo? ¿qué respuesta hay en estos casos?, ¿qué ofrece el estado? ¿qué puede hacer un ciudadano?,  ¿llamar a la policía?, ¿llamar a la ambulancia?.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

El protocolo dice que se debe llamar a la ambulancia, y un equipo de médicos especializados tratará de convencer al paciente que es por su bien internarse. El tema es que, según la ley, no se puede forzar a nadie a ser internado en contra de su voluntad. ¿Pero no estamos hablando de alguien que no puede razonar? ¿Cómo dicha persona puede decidir si internarse o no? ¿Cómo no hay un marco legal para salvaguardar su integridad y la de su familiar?

Cuando hay daño físico ¿quién se hace cargo? Peor aún, cuando la policía interviene ¿cómo debe actuar?, ¿está preparado un agente de las fuerzas de seguridad para actuar en estos casos?. Para que el policía actúe, y pueda realizar una internación involuntaria se necesita una orden judicial. Y a veces no hay tiempo para esto, entonces terminan “recibiendo balas en vez de tratamiento”.

La la ley debería amparar al paciente teniendo en cuenta su derecho a ser tratado, y la falta de apoyo que se le da al familiar, con herramientas legales para que pueda accionar con rapidez. Roza el ridículo, cuando los políticos ponen su ideología por encima de las personas, alegando que no hay que estigmatizarlos ni discriminarlos, como si los derechos humanos tuvieran algo que ver, cuando en realidad es desconocer la ciencia y la medicina.

Se niega la peligrosidad que representa un paciente descompensado, y la vulnerabilidad a la que queda expuesto el familiar sin nada que pueda hacer. Se relaciona a la psiquiatría con la tortura, y la internación es vista como un encierro injusto en el que el ciudadano pierde sus derechos. Se han tomado medidas para cerrar neuropsiquiátricos, y pasar a internarlos en hospitales generales. Un desquicio. La ideología también mata, porque lleva a tomar decisiones desde un lugar de fanatismo por sobre la racionalidad, y esto le quita objetividad.

¿Como puede decidir un político cuestiones de salud? Priorizan el derecho a la libertad por sobre el derecho a la salud mental y a la vida, y esto genera enfermos psiquiátricos en la calle en situación de abandono pudiendo poner en riesgo a la sociedad.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

Una internación sin consentimiento sigue siendo, en estos tiempos, muy difícil de ejecutar . Tanto para el profesional, como para el familiar a cargo desbordado por la situación. Un tema que aún persiste sin soluciones eficientes.

*Por Roxana Belda– periodista y conductora del programa Estudio Abierto en Radio Rivadavia.

Seguir leyendo
Publicidad
Clic para comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Opinión

Sin retorno (*)

Publicado

el

Siempre estuve en un lugar muy cómodo. Un espacio familiar donde venimos viviendo tranquilos. Un lugar cálido, confortable. Tal vez sin demasiada ventilación, sin demasiadas comodidades; pero sumamente acogedor a pesar de todo.

Sin embargo, hemos tenido siempre problemas. Siempre aparecen nuevos familiares, mientras otros simplemente desaparecen o solo se van. Nunca pudimos explicarnos esta situación. Tampoco tenemos una comunidad con ancianos o pequeños. Todos estamos casi siempre en la misma edad. Cosa muy rara que tampoco podemos explicarnos.

 Eso sí, hemos logrado un ambiente de igualdad a pesar de nuevos diversos colores de piel. Somos rojos, verdes, amarillos, rosados. Tampoco nadie nos puede explicar que pasó con los negros.

Pero un día me tocó a mí, no estaba solo, éramos muchos los que amanecimos en otro lugar. Ocurrió durante la noche me parece. Sentí movimientos extraños. Duró una eternidad, hasta que todo volvió a quedarse quieto.

Cuando las primeras luces día comenzaron a mostrarme el nuevo lugar al que fui trasladado, era todo muy distinto. Un ambiente claro, abierto, extremadamente grande y cómodo. Fueron varios días allí. Estábamos juntos rojos, verdes, amarillos, rosados.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

Pero pronto algo ocurrió. No sabía bien de que se trataba, pero sentí que me arrancaban de ese lugar tan bonito. Pensé que este paraíso no acabaría nunca, pero se terminó. Una fuerte mano me agarró y me separó de los míos. Los vi alejarse, aunque era yo en realidad quien me alejaba de ellos.

El traslado fue duro, trágico. Me pareció interminable. Molesto. Agresivo, incómodo. Apretujado con otros que no conocía pero que, sin dudas, estaban tan, pero tan desorientados como yo.

La llegada a mi nuevo lugar ocurrió un tiempo más tarde. Me volvieron a separar de mis nuevos compañeros de ruta. Ahora el espacio era oscuro, bastante más húmedo que todos los lugares en los que había estado. Lugar pequeño, con un aire enrarecido, permanentemente ruidoso; aún cuando a veces, era extremadamente silencioso.

Desde el exterior muchas veces llegan sonidos extraños, olores increíbles por lo desagradable en contraposición con momentos en que llegaban fragancias fuertes pero encantadoras.

Pero esto no terminó a pesar de que creía que este sería mi lugar nuevamente y por mucho tiempo. Ocurrió otra vez. Siento que ya no tengo paz. Siento que esto es el infierno y no sé cómo va a terminar, así como tampoco sé cuándo.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

Otra vez una mano muy fuerte me agarra. Me desnuda y me traslada. Siento una total indefensión. Estoy a la buena de Dios, indefenso, humillado. Y no se porqué me está ocurriendo todo esto.

Me ubican en un lugar extraño, totalmente húmedo. Casi sin paredes, sin techo. Casi siento la intemperie. A veces mucho frío, a veces mucho calor. Mi cuerpo empieza a perder sensibilidad.

Día a día me tiran agua, me ahogan, me sacan de ese pequeño sitio y al rato, luego del agua que me asfixia, me vuelven a mi denigrante espacio. Son muchas manos distintas. Algunas muy fuertes, otras más débiles y delicadas. Siento voces cuando esto ocurre. No los visualizo, pero los escucho.  También hay música muy fuerte, pero no siempre.

Mi cuerpo se va achicando, me estremezco cada vez que ocurre. Tirito de miedo, de frío. Estoy absolutamente solo, desamparado, asquerosamente indefenso.

Pasan los días, pero ya no sé cuántos. Perdí la noción del tiempo, del espacio. El lugar donde me encuentro cada vez se me hace más grande, pero creo que soy yo quien empequeñece. Temo llegar a desaparecer.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

Caigo en la cuenta de que soy un jabón de tocador y está a punto de terminar mi vida útil.

(*) Cuentos Breves por Miguel Matusevich

Facebook. Miguel Matusevich

Twitter. @MEMatusevich

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app
Seguir leyendo

Opinión

Sobresalto (*)

Publicado

el

Como todos los días, termino una jornada muy activa mirando televisión, series preferentemente, pero anoche fue distinto. Fueron noticieros en varios canales. No sé por qué, pero así fue. Medianoche. Té de por medio, también como todas las noches. Ya es una rutina. Una agradable rutina. Me gusta el té. De esos saborizados; canela, frutales, raros en realidad. Imágenes conmovedoras, trágicas. El famoso cambalache de Discépolo.

Empieza un nuevo día y decido ir a dormir. Mucho calor. El ventilador de techo no da abasto. Me espera un dormitorio con el acondicionador de aire prendido desde hace unas horas. Me pego una ducha y me acuesto. El agua tibia me da cierto alivio al calor reinante. La luna, taponada por nubes ingresa intermitente por entre los pliegues de las cortinas de las ventanas.

Apago el velador y solo queda esa tímida presencia de la luz lunar que genera medias sombras, rincones lúgubres y espacios vertiginosamente iluminados. Cierro los ojos tratando que Morfeo se apodere de mí. No lo logro de inmediato. Lo sé, lo siento; pero no puedo acceder al sueño reparador.

Trato de acomodar el cuerpo para estar cómodo y lograr dormir. La luna desaparece totalmente por un manto de nubes cada vez más cerradas. El tiempo afuera parece empezar a desmejorar. Me levanto y me acerco a la ventana. Corro una de las cortinas casi con vergüenza. Los árboles del jardín se mueven bamboleantes, presagiando por lo menos una tormenta de verano. Breve pero agresiva. Tal vez también llueva.

Cierro nuevamente la cortina y vuelvo a la cama. Mis ojos, más pesadas que de costumbre logran vencer al intento cerebral de no descansar. Caigo rápidamente en los brazos inconscientes del sueño…

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

Me sobresalto. Miro el reloj y solo pasaron algunos minutos. Me asalta un estado de miedo. Siento que ocurrió de nuevo. Una pesadilla que me viene asaltando casi cotidianamente. A pesar de tener el acondicionador de aire en 19 grados, estoy transpirando.

Me siento en la cama y trato de pensar. Trato de recuperar el aliento y de detener el ritmo del corazón. Siento sus movimientos, casi siempre imperceptibles, ahora como si estuviera al borde del colapso.

 Pasan los minutos, la tormenta afuera arrecia. Comenzó a llover. Algunos relámpagos iluminan mi habitación a pesar del intento de las cortinas de morigerar la luz del afuera. Ocurren truenos ensordecedores. Ya la lluvia es cada vez más fuerte, más cerrada. Más impertinente.

El motor de mi cuerpo comienza tranquilizarse y recupero el aliento. Trato de disfrutar del ruido del agua de lluvia cayendo sobre el techo de chapa. La caída del agua se apacigua y con ello, bajo mi estado de ansiedad. Vuelvo a cerrar los ojos.

El sueño reparador se apodera de mí. Pero la pesadilla vuelve a mi descanso. Nuevamente me sobresalto. Miro el reloj y solo pasaron diez minutos. Me levanto, voy al baño y me refresco la cara. Miro el espejo y el reflejo me devuelve un rostro ojeroso, cansado. Casi espectral. Los relámpagos me muestran su furia luminosa a través de la ventana del baño que da al jardín.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

Vuelvo a empaparme la cara con agua fría. No me seco, dejo que el líquido reparador haga su efecto. El calor rápidamente me deja el rostro sin rastros de ella. Vuelvo a llevar más a la cabeza. Esta vez ya llega a la cabeza, al cuero cabelludo, al cuello. Espero que haga efecto y pretendo ver mi rostro nuevamente.

El espejo me devuelve la misma imagen. Demacrado por la falta de descanso. Detecto cierto color oscuro alrededor de los ojos. Y dentro; un rojo incipiente me confirma lo que suponía. Necesito descansar.

Vuelvo a la habitación y el fresco interior, me golpea el cuerpo. Un pequeño alivio se siente como un enorme y agradable momento. Siento que la sábana y la colcha me llaman, pero también siento un desagradable sabor en la boca.  Seca y abierta, se transforma en algo como si fuera un presagio de lo que puede venir.

Sin embargo me acuesto, en realidad vuelvo a acostarme. Siento la espalda tocar las ahora frescas superficies. La almohada recibe mi cabeza y cuello aún húmedos. Fijo la mirada en la ventana. La tormenta no cede.

Son las dos y media de la mañana. Los párpados inflamados tratan de mantenerse cerrados. Consigo calma, siento la oscuridad. Mi cuerpo lucha por relajarse. Vence. Parece que mi mente se da por vencida. El sueño se apodera de mí. No recuerdo que pasa y cuanto tiempo siento esa sensación de reparación.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

Pero la pesadilla vuelve a asaltar mi descanso. Otro sobresalto. Otro momento de zozobra. Una rutina dañina que se sigue repitiendo. Una sensación que no me abandona. Ya ocurre casi todos los días y seguramente querido lector, querrás saber de qué se trata.

Pero no podré decirte, no podré contarte, porque cuando llega el día. Cuando el sol comienza a aparecer en el horizonte, la pesadilla sale de mi mente y no la recuerdo. Lástima.

(*) Cuentos Breves

 Miguel Matusevich

Facebook: Miguel Matusevich

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

Twitter: @MEMatusevich

Seguir leyendo

Opinión

Argentina es un edificio en ruinas

Publicado

el

El gobierno ha decidido imprimir 1billón de pesos ($1.000.000.000.000) desde que perdió la PASO con el objetivo de darla vuelta y ha dejado en offside al país y sus ciudadanos. La inflación se volvió a disparar en septiembre, luce lo mismo en octubre y a este ritmo de impresión cerraremos el 2021 a un ritmo del 40% anual; la misma inflación que Chile tuvo en los últimos 12 años combinados. Un mes nuestro de inflación es un año de cualquiera de nuestros vecinos.

Argentina es un edificio en ruinas, con bases que crujen, paredes que se descascaran, techos con goteras, caños rotos y oxidados, ladrillos que faltan y al gobierno lo único que se le ocurre es “pintar las paredes”.

Para reparar el daño que tiene el edificio que representa Argentina se necesitan muchas cosas. Primero, decisión política de hacerlo y segundo, paciencia de la ciudadanía mientras las maquinarias, el ruido, el polvo y la suciedad invaden nuestras vidas por muchos años.

Todo lo que el gobierno subsidie ahora, lo pagaremos dentro de unos meses o años. Un reciente estudio determinó que lo que se subsidió de energía durante los últimos 20 años es equivalente al triple lo que se le pidió al FMI durante el gobierno de Macri.

Durante 12 años y continuando ahora, el Kirchnerismo subsidió las tarifas energéticas para que el ciudadano común pagara menos y votara más. Una medida populista que ayuda al ciudadano en el corto plazo, pero arruina al país en el largo. Cada vez se produce menos energía yse importa más, aumentando el déficit fiscal y forzando más impresión o mayor deuda externa.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

Se pintaron las paredes, pero dejaron que se pudran los caños. Sino recordemos los cortes de luz que hemos sufrido durante los veranos hasta casi el 2017/18.

La impresión monetaria de hoy es la inflación de mañana. Ese dinero extra, que circula en la calle se irá indefectiblemente a comprar dólares, presionando el mercado cambiario, generando aún mayor inflación dentro de unos meses.

Los nuevos jubilados de 55 años que autorizó el gobierno nos alejan aún más de la posibilidad que el resto de los jubilados cobren un retiro decente. Cada vez más gente vive del estado, debilitando aún más las bases corrosivas que tenemos.

El apoyo a los gremios sostiene la misma épica. Hoy contratar un empleado implica un costo infinitamente mayor al de su salario. Si se contrata 100% en blanco, los impuestos son imposibles de digerir para el empleador y el riesgo de juicio ha aumentado considerablemente en los últimos años. Este costo espanta a cualquier inversionista local o extranjero. ¿Quién quiere instalarse en un país donde el gremio les va a determinar el accionar de la empresa, o les va a bloquear la salida de sus camiones?

La impresión, los planes, los subsidios, las heladeras regaladas y las nuevas jubilaciones son medidas para pintar las paredes. Que la situación actual parezca más linda, cuando en realidad lo único que hacen es esconder momentáneamente los caños que se siguen pudriendo por abajo.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app

El tema es que la sociedad ya comenzó a mirar más allá y darse cuenta de que la pintura ya no esconde nada.

La pregunta principal es si la sociedad en su conjunto está dispuesta a vivir algunos años con la casa patas para arriba, quitando y cambiando caños oxidados y rompiendo todo para reconstruir un edificio fuerte y estable que nos de estabilidad por varias décadas a futuro.

Es un esfuerzo que puede tomar más de 10 años requiriendo importantes esfuerzos, pero debería ser un camino de ida, sin retorno. Nuestros hijos lo exigen y lo merecen.

(* ) Por Alejandro Itkin. Analista político internacional. Conductor de radio y columnista de temas de política internacional y economía global en medios de Argentina y el mundo.

Publicidad
Invitanos un café en cafecito.app
Seguir leyendo

Más vistos