La frase “elegir entre Frankenstein y Drácula” fue una metáfora utilizada por el senador nacional Luis Juez en octubre de 2023, tras las elecciones generales de ese año. Se refería al balotaje presidencial que enfrentaba a Sergio Massa y a Javier Milei.
Quizás tenía razón; lástima que no aclaró quién era uno y quién era el otro, lo cual es entendible porque, en ese momento, interesaba la alegoría y daba lo mismo ser cualquiera de los dos. Ya en 2025, el mismo senador Juez se refería al presidente Milei como “su amigo”.
Más allá de los cambios afectivos, esta anécdota se reflota para dejar en claro, o no tanto, el sentimiento que, un tiempo después, embarga a la sociedad argentina, prototipo de otras naciones vecinas donde los amores eternos pueden tener duraciones demasiado efímeras.
Si bien para las elecciones faltan bastantes meses, la campaña subliminal en superficie ya ha comenzado, al menos en cuanto a las declaraciones y actitudes destinadas a generar nuevas lealtades; en algunos casos, sobre bases muy sólidas, aunque apoyadas sobre terrenos fangosos.
Las encuestas profesionales y lo que se escucha entre familiares, amigos, en la feria, en la cola del colectivo o en la caja del supermercado dicen lo mismo. Aunque lo auditivo no sea mensurable ni extrapolable a miles de casos, acompaña, a grandes rasgos, las consultas de opinión que dicen tener una base representativa en diferentes lugares del país y sin direccionamiento (?).
Todo muy dudoso, pero podemos elegir creer; total, si ellos se equivocan, como habitualmente sucede, tener cada uno un análisis equivocado no es delito.
Algunas cosas cambiaron entre 2023 y la actualidad, algo así como sugiere la frase popular: “En el camino se acomodan los melones”.
Recordemos brevemente. En aquel momento se decía que la sociedad estaba dividida en tres tercios: un bestialismo, una obviedad; el problema hubiera sido tres mitades. Por un lado, Unión por la Patria (justicialismo); por otro, Juntos por el Cambio (PRO, UCR, ARI y otros); y La Libertad Avanza (mileísmo y algunos partidos menores).
Para la segunda vuelta quedaron Sergio Massa y Javier Milei, este último con el apoyo explícito de Juntos por el Cambio.
Ganó Milei. ¿Ganó Milei o perdió Massa?
Massa representaba la continuidad de un proceso teñido de corrupción, despilfarro, populismo y adhesión casi obligatoria a los “movimientos sociales”. Milei era lo nuevo: su mensaje era terminar con la “casta”, con los privilegios y con la inflación, achicar el Estado y erradicar a los corruptos.
Todo esto sin antecedentes, sin equipos y sin respaldos; a pesar de lo cual le alcanzó con un mensaje histriónico para lograr el milagro de ganarle al peronismo.
Hoy los tiempos han cambiado. Milei ha cumplido demandas sociales de antigua data y ha reinsertado a la Argentina en el mundo, al tiempo que absorbió o “violetizó” a un sector importante del PRO.
Sin embargo, su estilo comunicacional directo, agresivo y humillante, sumado a la subordinación de la atención a jubilados, discapacitados, docentes y empleados públicos en pos del equilibrio fiscal, hace que un sector de la sociedad no esté precisamente juntando fondos para hacerle una estatua e instalarla en Plaza de Mayo.
Convengamos que discursos como los del Council of the Americas, la Bolsa de Comercio de Rosario o el Colegio ORT de Almagro, por citar los más recientes, no ayudan demasiado a instalar un clima de paz social ni de sana y democrática convivencia.
Por el otro lado, que haya sido justamente el expresidente Alberto Fernández quien calificara la gestión actual como el “desmadre de un delirante que gobierna y que no tiene noción de lo que pasa en la economía argentina ni en el mundo”, o que aseverara que se trata de un “pobre imbécil” que actúa “como un energúmeno”, tampoco ayuda demasiado.
En España he aprendido que: Calladito, estás más guapo.
Lo que parecen no entender es que no están solos en una isla desierta. Mirándolos a los unos y a los otros somos 47 millones de personas; demasiadas, muchas con necesidades básicas insatisfechas, a quienes estas cosas no les hacen del todo bien.
Después nos peleamos en el ascensor o en la plaza… y es lógico: en parte, uno es lo que ve.
Por su parte, el peronismo no se termina de acomodar. El desafecto ganado a través del tiempo, en muchos casos bien ganado, hace que un sector de la sociedad no los mire con demasiada simpatía, máxime cuando aparecen públicamente algunos exfuncionarios a opinar como si no tuvieran pasado.
Nos encontramos así con una situación social que no es ni fulgurante ni esperanzada en el “efecto derrame” que plantea el Gobierno, pero tampoco al borde de la disolución como plantea la oposición que, con el aporte de la izquierda, posee una espectacular capacidad de movilización.
Ni tanto ni tan poco.
Esta coyuntura provoca que sean muchos los que dicen no bancarse otros cuatro años de Milei, pero tampoco al peronismo. Esa suma, según dicen, con sus más y con sus menos, llega aproximadamente al 70 % de la gente, algo imposible de certificar.
Se habla de núcleos duros que, pase lo que pase, van con uno o con el otro, entre el 25 % y el 30 % cada uno, y de un núcleo blando que, si la economía mejora, irá con Milei y, si no mejora, solo Dios sabe qué hará.
Entre los unos por una cosa y los otros por la otra, queda un hueco enorme que hoy no encuentra un receptor para ese amor casi incondicional.
Esa es, realmente, la madre del ternero.
Máxime cuando los arreglos de la superestructura arman todo el estofado y se quedan con todos los pedazos de carne. En esta oportunidad, tal como pasó en el retorno a la democracia, la llave de la cocina la tiene la gente; el problema es que no tiene una puerta visible para abrir.
Lo cual no quiere decir que no aparezca un “tapado”, un outsider que enamore, que no prometa imposibles, que le hable a la gente y la escuche, que ilusione a la juventud sin recitales de rock pesado ni promesas de bajar de la Sierra Maestra: alguien con algo distinto.
Lamentablemente, el radicalismo sigue sin reconciliarse con la sociedad. El sector más poderoso, el de la Provincia de Buenos Aires, se debate entre jugar con el Gobierno o con la oposición.
¿Pollo o pasta?
El filósofo contemporáneo latinoamericano Minguito Tinguitella diría: “Se gual, son simónimos”. Aunque, con todo respeto, se puede asegurar que no es lo mismo ni por casualidad.
El PRO se está volviendo líquido, demasiado pegado a un Gobierno que le ha ido chupando parte de su representación parlamentaria.
Y sobre algunos que juran que no van a cambiar de camiseta… “Veremos, veremos, después lo sabremos”, tal como dice la Canción del Jacarandá, de la inolvidable María Elena Walsh.
El ARI-Coalición Cívica de Elisa Carrió tiene una representación parlamentaria muy escasa y, a pesar de la valentía y honestidad a toda prueba de su dirigencia, no logra ser un factor determinante en el ring de la política nacional.
A la fecha no aparece visible nadie capaz de desaletargar a ese sector de la sociedad que no quiere a Milei ni al peronismo; ese sector que simplemente se conforma con encontrar a quien le ofrezca estabilidad económica, superávit, atracción de inversiones, dólar estable, etc., y un mensaje conciliador, empático, respetuoso, no violento ni descalificador.
Alguien que invierta en obras prioritarias, que genere trabajo y consumo, que baje los impuestos para que nuestras empresas puedan competir con las del exterior, y si se puede exportar sin necesidad de importar, mucho mejor, que termine con la corrupción, porque siempre hay algún pícaro, y que asegure salud y seguridad.
Obviamente, es mejor ser joven, sano y con plata que viejo, pobre y enfermo, pero simultáneamente no se puede todo.
Sin embargo, quien sea capaz de condensar esos reclamos populares, aunque a veces parezcan antagónicos, y comprometerse a cumplirlos, tiene alguna posibilidad de romper la alternativa de la hora.
Si otros hicieron esas promesas en el pasado e ilusionaron a la gente, ¿por qué no pensar que se pueda repetir?
Los resultados futuros se verán con el tiempo; la cuestión hoy es encontrar al candidato capaz de seducir, a unos libretistas de calidad que le escriban discursos con remate apoteótico y a algunos influencers que se hagan escuchar.
El resto vendrá por añadidura.
¿Será posible? ¿Por qué no?
(*) Por Edmundo “Mundy” Fuster –Consultor y Columnista de Opinión- CABA – Argentina






