La Marcha y el Titanic (*)

Publicado en mayo 14, 2026.

El Gobierno definió la marcha por el financiamiento universitario como una marcha opositora. Y, en rigor, tiene razón. Las marchas suelen ser eso: una herramienta democrática de quienes no gobiernan para hacerse oír. No debería escandalizar a nadie.

Lo verdaderamente importante no era esa obviedad, sino otra cosa: entender qué expresaba esa movilización.

Porque en la calle no hubo solamente estudiantes, docentes y familias vinculadas a la universidad pública. Hubo también algo menos visible y mucho más profundo: el cansancio social.

Marcharon los jóvenes preocupados por su futuro, pero también estuvieron —aunque no aparezcan en las fotos— los jubilados que no llegan a fin de mes, los trabajadores que viven con miedo a perder el empleo, los empleados públicos con salarios deteriorados, los médicos agotados, los residentes, los discapacitados y sus familias, los que buscan turnos imposibles, los que esperan justicia durante años y los que sienten que siempre ajustan los mismos.

Había muchos presentes. Y otros que estaban igual, aunque no salieran en ninguna imagen. Porque el alma también marcha, y el alma es invisible.

Argentina arrastra demasiadas décadas de promesas rotas. Gobiernos distintos, discursos distintos, culpables cruzados, pero resultados parecidos: burocracia creciente, servicios deteriorados, educación en retroceso, privilegios persistentes y una sensación de estancamiento que desespera.

Mientras tanto, el mundo cambia a velocidad de vértigo. La tecnología transforma trabajos, profesiones y modos de vida. Aquí seguimos discutiendo lo urgente sin animarnos nunca a revisar lo importante.

Por eso la marcha excedía ampliamente una ley presupuestaria. Era también una señal política y emocional: la paciencia social tiene límites.

Muchos argentinos sienten que empujan un carro pesado entre pocos, mientras demasiados viajan arriba, cómodos, perfumados y sonrientes.

Creen haber comprado pasaje en primera clase para un crucero de lujo.

Tal vez no advierten que el barco es el Titanic.

(*) Por Edmundo “Mundy” FusterAnalista, Consultor y Columnista de Opinión – CABA – Argentina

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