Aventurar que el futuro político, económico y social de la Argentina será espectacular, que se aproxima una lluvia de dólares y que la prosperidad está a la vuelta de la esquina, exige una dosis de optimismo cercana a la temeridad.
El presente muestra una realidad bastante menos luminosa.
Jubilados, personas con discapacidad, universidades, médicos residentes, empleados públicos, integrantes de las fuerzas armadas y de seguridad: casi todos exhiben ingresos deteriorados y motivos legítimos para reclamar.
El PAMI recorta prestaciones. Aumentan el transporte y los servicios. Comerciantes venden menos, cierran locales y ven desmoronarse años de esfuerzo. Protestan, se angustian y tienen razones para hacerlo.
La inflación, aunque desacelerada, no ha sido derrotada. Y muchos productos esenciales suben por encima de los índices promedio que informa el INDEC. La sensación cotidiana no siempre coincide con la estadística.
Algunos sectores —energía, minería, campo— muestran despegue. Pero buena parte de la industria, el comercio y la población perciben otra cosa: pérdida de poder adquisitivo y creciente fragilidad.
Dicho sin vueltas: mucha gente siente que está peor.
Y cuando esa percepción se instala, importa poco cómo se expliquen los números.
La clase media profesional también acusa el golpe. La propia Iglesia ha señalado que a sus comedores concurren personas que jamás habían necesitado asistencia.
Todo esto convive con una verdad también innegable: el país arrastraba desequilibrios profundos. Había que corregir desajustes macroeconómicos, revisar subsidios inviables, reducir un Estado sobredimensionado, combatir redes clientelares y ordenar cuentas públicas devastadas.
Muchos argentinos comprenden ese diagnóstico. Lo que no aceptan con la misma facilidad es pagar costos enormes sin horizonte claro.
Muchos entienden, además, que cuando no hay recursos sólo quedan caminos conocidos: endeudarse, aumentar impuestos o emitir dinero sin respaldo. Y que ese mecanismo termina trasladándose a precios, salarios atrasados y deterioro general.
Todo eso puede ser cierto.
Pero, como enseñó Alfredo Casero con una metáfora que quedó en la memoria colectiva, la gente quiere flan. Es decir: soluciones concretas, alivio real, una mejora perceptible en la vida diaria.
Y hoy, para millones, ese flan no aparece.
Allí comienza otra película: la distancia entre la explicación técnica y la experiencia cotidiana. Entre la macroeconomía ordenada y la heladera vacía. Entre el relato del esfuerzo necesario y la paciencia social que se agota.
La corrupción de años anteriores, el enriquecimiento ilícito, los privilegios obscenos y el deterioro del Estado dejaron rutas rotas, hospitales insuficientes y escuelas en condiciones indignas. Buena parte de la sociedad votó para terminar con eso.
Pero cuando un gobierno llega prometiendo ejemplaridad absoluta y luego también empiezan a “pasar cosas”, el desencanto se acelera.
No importa aquí si cada denuncia terminará confirmada, relativizada o desmentida. En política, muchas veces el daño ocurre antes del fallo.
El caso Adorni, más allá de su desenlace, ya ingresó al terreno de la sospecha pública. Y alrededor aparecen otros episodios: $Libra, fentanilo, Espert, oftalmólogos del PAMI, ANDis, discapacitados truchos, tarjetas corporativas, sueldos del Senado, dudas sobre sobresueldos en distintas áreas del Estado.
Mientras tanto, la inmensa mayoría de los jubilados sobrevive con ingresos indignos.
La indignación social no nace sólo de la pobreza. También nace de la comparación.
Si se le pide a la sociedad un sacrificio gigantesco, la vara ética debe estar a la misma altura.
Una porción importante del electorado acompañó al actual gobierno convencida de que terminaría con la inflación y elevaría al máximo el estándar de decencia pública.
También creyó que la motosierra apuntaría al privilegio, al ñoqui, al acomodo de último minuto y al gasto inútil.
No imaginó que, en algunos casos, la motosierra parecería transformarse en bisturí selectivo.
Porque la corrupción no se mide sólo por montos. El curro grande y el curro chico pertenecen a la misma familia moral.
Tampoco convenció la promesa de que “el ajuste lo pagó la política”. Quizás en alguna medida haya ocurrido. Pero la percepción dominante es otra: que la política, en sus múltiples formas, sigue bastante viva y bastante cómoda.
Y en democracia, la percepción pesa tanto como los balances.
Vamos bien, me gusta
Excelente. Y me alegra especialmente que lo sientas así, porque vamos encontrando el tono justo: serio, filoso y publicable.
El Gobierno, además, parece haber descuidado algo esencial en todo proceso de ajuste profundo: una red mínima de contención para quienes quedan al borde del sistema.
Porque no todos caen por irresponsabilidad. Muchos caen porque la economía los empuja.
Y cuando el mensaje que percibe la sociedad es “si te fundiste, arreglate solo”, el costo político comienza a acumularse silenciosamente.
También convendría recordar un dato central de origen: en la primera vuelta Javier Milei obtuvo cerca de ocho millones de votos; en la segunda, superó ampliamente esa cifra gracias al apoyo decisivo de sectores que no eran libertarios.
Muchos de esos votos llegaron desde Juntos por el Cambio y, especialmente, desde el electorado que había acompañado a Patricia Bullrich.
Esos ciudadanos votaron por descarte, por rechazo al kirchnerismo o por esperanza de cambio, pero no necesariamente modificaron de un día para otro su cultura política, sus valores institucionales ni su tolerancia frente a determinadas conductas.
Por eso, cada episodio de presunta corrupción y cada práctica agresiva hacia quien piensa distinto erosiona más de lo que algunos imaginan.
No ayuda que se descalifique, ridiculice o hostigue a cualquiera que exprese una opinión crítica, sea una artista popular o el presidente de una empresa relevante.
La confrontación permanente entusiasma a los propios, pero suele alejar a los moderados.
Y los moderados, en la Argentina, muchas veces definen elecciones.
En ese contexto, Patricia Bullrich conserva un valor político que excede cualquier cargo. Representa para muchos votantes una idea de orden, firmeza y experiencia. Minimizar ese peso sería un error.
Cabe preguntarse entonces qué ocurriría si ese vínculo se resintiera, si el apoyo se debilitara o si parte de quienes hoy acompañan decidieran tomar distancia.
La política argentina tiene una larga tradición de saltos, reacomodamientos y lealtades efímeras. Lo que hoy parece imposible, mañana puede convertirse en noticia.
Tampoco resulta absurdo imaginar a Victoria Villarruel jugando en otro espacio, replegándose estratégicamente o tomando distancia de un esquema en el que, justa o injustamente, muchos la perciben relegada.
Nada de esto implica que vaya a ocurrir. Pero ignorarlo sería una imprudencia.
Si el oficialismo no contempla estos escenarios, hay un problema de análisis. Y si los contempla, pero decide igualmente avanzar sin corregir rumbos, hay un problema todavía mayor.
Porque en un país donde millones soportan un ajuste severísimo, desperdiciar ese sacrificio sería mucho más que un error económico.
Sería una herida emocional colectiva.
Otra promesa rota. Otra ilusión frustrada. Otra oportunidad perdida.
Y la Argentina ya acumula demasiadas.
(*) Por Edmundo “Mundy” Fuster – Analista, Consultor y Columnista de Opinión – CABA Argentina






