Persianas bajas: El industricidio y la memoria que se niega a aprender (*)

Publicado en febrero 23, 2026.

Hay palabras que nacen porque la realidad las necesita. “Industricidio” es una de ellas. La acuñaron los sindicatos para nombrar algo que las estadísticas describen con frialdad pero que la calle vive con drama: la destrucción sistemática, acelerada y acaso irreversible del tejido fabril argentino bajo la gestión de Javier Milei. No es una metáfora de campaña. Es un dato. Desde diciembre de 2023, Argentina pierde alrededor de 30 empresas por día. En dos años, desaparecieron casi 20.000 unidades productivas y con ellas, más de 260.000 empleos registrados.

La industria manufacturera cayó 9,4% en 2024. La construcción, 27%. La capacidad instalada opera al 57%, el peor nivel desde la pandemia. El sector textil, al 33%. FATE cerró después de 86 años. Whirlpool cerró. Bimbo, Bridgestone, Danone: se fueron o se encogieron. El gobierno mide su éxito en aplausos y en likes. Nosotros lo medimos en persianas. Y las persianas siguen bajando. El mercado no es un club de boy scouts Javier Milei nos vende la fantasía del “Estado cero”.

Pero hay una paradoja que su doctrina no puede responder: al desmantelar las capacidades productivas, no libera a la sociedad. Como ya sabemos, la deja a merced de un mercado global que no es un espacio de intercambio armónico entre pares: es un ring donde los jugadores más grandes llegan con guantes y los periféricos entran con las manos atadas. El caso Techint lo desnudó todo. Mientras el gobierno celebraba como una victoria comprar barato a una firma extranjera acusada de dumping, la industria nacional advertía sobre la destrucción de valor a largo plazo. El presidente llamó a Paolo Rocca “Don Chatarrín de los Tubitos CAROS”. La boutade fue simpática para sus seguidores en las redes. El problema es que Rocca construyó capacidades industriales de nivel mundial. Y cuando esas capacidades desaparecen, ningún tuit las recupera.

Aquí es donde Karl Polanyi, el economista que Milei ignora, resulta indispensable.

Polanyi demostró algo que el liberalismo doctrinario se niega a aceptar: el mercado no es natural. Es una construcción institucional. Cuando se lo “desincrusta” de la sociedad —cuando se lo libera de toda regulación, de toda política, de todo Estado estratégico— , termina depredando. La “paradoja libertaria” que estamos viviendo es exacta: Milei no destruye el Estado. Lo reorienta. Lo usa para garantizar rentas financieras y disciplinamiento social. Pero lo retira de la educación, la ciencia y la infraestructura. Pésimo negocio para Argentina. Un país no se desarrolla comprando barato. Se desarrolla produciendo bien. Abrir la puerta sin plano de obra no es liberalismo: es negligencia estratégica.

Frondizi sabía algo que hoy nadie recuerda No es la primera vez que Argentina enfrenta este dilema. Y ahí está la historia para quien quiera leerla, si pudiera resistir la tentación de ignorarla. Arturo Frondizi tenía una idea clara. En 1958, frente a un país que exportaba cueros, lana y granos y soñaba con el desarrollo sin saber muy bien cómo construirlo, propuso algo que sonaba revolucionario y hoy suena casi subversivo: que Argentina debía industrializarse de forma selectiva, estratégica e inteligente. No cualquier industria. Las industrias de base. Las que hacen posibles todas las demás. Rogelio Frigerio lo repetía sin cansarse: un país que no produce sus propios insumos básicos es un país dependiente. Puede crecer coyunturalmente. Puede tener bonanza cuando los precios internacionales acompañan. Pero no se desarrolla. Hay una diferencia enorme entre crecer y desarrollarse. Argentina lleva décadas confundiendo las dos cosas.

Aldo Ferrer, desde otra tradición, insistía en la “densidad nacional”: la capacidad de procesar los propios recursos, financiarse con ahorro doméstico y construir una economía que no dependa de la aprobación externa para existir. Prebisch, desde la CEPAL, había demostrado con datos que los países periféricos que solo exportan materias primas se condenan a una relación de intercambio cada vez más desventajosa. La solución no era el aislamiento: era el valor agregado. Era fabricar cosas.

Toda esa tradición —imperfecta, discutida, en muchos casos frustrada en su ejecución— tenía en común una convicción que el presente desechó con demasiada facilidad: el mercado solo no resuelve el problema del desarrollo. Hay bienes públicos, fallas de mercado y asimetrías que requieren decisiones colectivas. Un Estado que abdica de orientar el desarrollo no es más libre: es más irresponsable.

El falso dilema que nos tiene atrapados Pero conviene ser honesto. La respuesta al industricidio no es volver al pasado. El estatismo improductivo —heredero del ciclo kirchnerista— también fracasó. Creyó que se podía repartir lo que no se generaba. Defendió salarios sin productividad y un Estado que asfixia al que produce con impuestos distorsivos para tapar sus propias ineficiencias. Un Estado que no crea riqueza termina disputando migajas y erosionando su propia legitimidad. Argentina está atrapada en un péndulo estéril. De un lado, el liberalismo libertario que promete orden a fuerza de dolor. Del otro, un estatismo improductivo que confunde protección con clausura. Ambos comparten una falla de origen: ninguno pone en el centro la creación sostenida de riqueza. Esta discusión, tal como está planteada, nos condena. Necesitamos salir del laberinto, no seguir corriendo por sus pasillos.

La diagonal estratégica Lo que yo propongo se llama Desarrollismo Inteligente. No es una “tercera vía” tibia ni un eclecticismo cómodo. Es una diagonal estratégica que corta el tablero. Sus ejes son simples de enunciar y exigentes de ejecutar. El primero: la macro ordena, pero no crea desarrollo. La estabilidad es condición necesaria, no suficiente. Arreglada la macro, no aparece el desarrollo por generación espontánea. Eso no es economía: es fe. Y la fe, como sabemos, no construye fábricas. El segundo: un Estado arquitecto de capacidades. Ni Estado empresario ineficiente ni Estado ausente. Un Estado inteligente que combine planificación estratégica, infraestructura, reglas claras y poder de compra orientado.

Vaca Muerta no puede ser solo un commodity exportado en bruto: debe transformarse en empleo calificado, tecnología nacional y desarrollo local. Cada decisión de política económica debe pasar una prueba concreta: ¿esto aumenta la capacidad productiva argentina en diez años? Si la respuesta es no, no es modernización: es retroceso disfrazado. El tercero: inserción inteligente en el mundo. Abrirse sin ingenuidad. Combatir el dumping con inteligencia. Proteger estratégicamente lo que construye futuro. No cualquier protección: la que tiene fecha de vencimiento, condicionada a resultados, orientada a la competitividad. Y el cuarto eje, acaso el más difícil: continuidad. Una política industrial que trascienda los ciclos electorales. Un pacto básico de que hay apuestas estratégicas que no se renegocian con cada cambio de gobierno.

Corea tardó treinta años en construir a Samsung. Los alemanes llevan siglos cultivando el Mittelstand. Nada de eso ocurre de un gobierno a otro. El conocimiento que se pierde no vuelve El cierre de FATE tiene algo de símbolo. No porque FATE fuera la empresa más eficiente del mundo. Sino porque FATE tenía 86 años. Ocho décadas de saber hacer neumáticos. De técnicos formados. De procesos optimizados. De 920 familias que organizaron su vida alrededor de ese trabajo. Todo eso desapareció. Y con ello, la posibilidad de que Argentina tenga en el futuro una industria propia de neumáticos. Los mercados no tienen memoria sentimental: una vez que un actor cierra, recuperar ese espacio cuesta un esfuerzo que rara vez está disponible. La industria no es solo empleo. Es conocimiento acumulado. Es saber hacer. Es el técnico que conoce la máquina como nadie, el ingeniero que optimizó el proceso durante años, la cadena de proveedores que aprendió a trabajar junta. Todo eso, cuando desaparece, no vuelve de un día para el otro. A veces no vuelve más. La economía le llama path dependence. El trabajador metalúrgico lo llama quedarse sin trabajo. Es lo mismo.

El economista que piensa en el corto plazo dice: bien, el neumático chino es más barato. El estratega que piensa en el largo plazo pregunta: ¿y si mañana el neumático chino no está, o viene condicionado a algo que no podemos aceptar? La dependencia extrema de importaciones no es libertad. Es vulnerabilidad con otro nombre. Lo que Argentina tiene y no sabe usar Y sin embargo. Y sin embargo. Los agoreros del declive permanente suelen omitir algo: Argentina tiene capacidades que sobrevivieron al naufragio. Tiene industria farmacéutica de primer nivel, con laboratorios que exportan a decenas de países. Tiene una industria del software que creció casi sin ayuda estatal y hoy genera divisas y empleo calificado. Tiene agroindustria sofisticada. Tiene una industria nuclear civil que es reserva de conocimiento estratégico. Tiene PyMEs industriales resilientes que sobrevivieron a crisis que habrían quebrado a cualquier empresa en cualquier otro lugar del mundo. Y tiene, en el horizonte, algo que muchos países envidian: litio, hidrógeno verde, tierras raras, alimentos, energía. El problema no es la materia prima.

El problema —como siempre en Argentina— es lo que hacemos, o dejamos de hacer, con ella. La línea que va desde la consolidación de Roca hasta la ciencia de Houssay, desde el desarrollismo de Frondizi y Frigerio hasta la economía del conocimiento de Galperin y Migoya, desde la integración vertical de Techint hasta las startups del ecosistema tecnológico rioplatense: esa línea existe. Está discontinua, interrumpida, malherida. Pero existe. Y sobre ella se puede construir.

La pregunta que nadie quiere hacer

El laberinto del industrial argentino tiene paredes reales. Costos de energía que aumentaron entre 230% y 1.125% desde diciembre de 2023, según el sector. Crédito inaccesible. Mercado interno contraído porque el salario real perdió más de un cuarto de su poder de compra. Competencia importada con ventajas espurias —dumping, subsidios, regulaciones laxas— que nuestro gobierno celebra como eficiencia de mercado. ¿Qué hace el industrial en ese laberinto? Tiene tres opciones: cierra, se convierte en importador, o aguanta achicado esperando que algo cambie. Las tres son derrotas de distinto tamaño. Entonces la pregunta más incómoda no es cómo recuperar la Argentina industrial. Es si todavía hay tiempo de frenar lo que se está destruyendo antes de que la recuperación sea, simplemente, imposible. La pregunta no tiene respuesta fácil. Pero tiene urgencia. En Argentina, la urgencia suele llegar demasiado tarde.

Esta vez no podemos darnos ese lujo. La Argentina que supo hacer cosas puede volver a hacerlas. No con nostalgia por un pasado industrial imperfecto. Sino con inteligencia estratégica, visión de largo plazo y la humildad de aprender de quienes lo lograron: los que eligieron producir bien antes que comprar barato, los que apostaron al conocimiento antes que a la especulación, los que entendieron que el desarrollo no se invoca: se construye. No propongo motosierras. Propongo semillas, abono, regadera y cosechadora. Y la convicción de que otro camino es posible. Se llama Desarrollismo Inteligente. Y es hora de comenzar a recorrerlo.

(*) Por Federico González

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