“La democracia es el sistema dónde los partidos de gobierno pierden elecciones”, Adam Przeworski, politólogo norteamericano.
Por las razones que fuere, sesgos confirmatorios, pereza intelectual, simplificaciones de la realidad, moldes de razonamiento, los analistas y el periodismo tendemos a categorizar los cambios de gobierno con un razonamiento que ya viene enlatado: derecha/izquierda. Pero, en la motivación de los pueblos hay algo más profundo y auténtico que define el sentido del voto: la experiencia vivida: Por ello, la prevalencia es el cambio sobre el continuismo. La ideología es sólo un condimento.
En estos últimos tiempos, los comicios en América del Sur han consagrado fórmulas que podrían considerarse de derecha. Así como en la primera década del siglo los triunfos podrían aceptarse a partir de la definición de alternativas de izquierda.
La narrativa más cómoda para explicar los cambios de gobierno en una democracia es la ideológica: la gente se cansó de la izquierda y votó a la derecha, o viceversa. Es una explicación que seduce porque ordena el mundo en categorías limpias, y porque a los partidos ganadores les resulta conveniente creer que triunfaron por sus ideas.
Pero hay otra lectura, más incómoda y más precisa: lo que la gente rechaza, más que una doctrina, es una experiencia de gobierno. Y esa experiencia tiene menos que ver con el signo ideológico que con el grado de apertura o de clausura que un gobierno impone sobre la vida cotidiana.
La tesis es simple, aunque sus implicancias sean complejas. Los sistemas democráticos alternan, en el largo plazo, entre gobiernos que tienden al control -a la mano dura, a la concentración, a la disciplina impuesta desde arriba- y gobiernos que tienden a la apertura -a la liberalización de costumbres, a la tolerancia, a la expansión de derechos individuales o colectivos-.
“La gente difícilmente vote por fidelidad a un manual ideológico, vota para sacarse de encima el ahogo o el desorden de quién gobierna”
Ninguno de los dos extremos resulta sostenible indefinidamente. La alternancia política no obedece tanto a convicciones ideológicas como al hartazgo. Los pueblos no eligen programas: huyen de lo que ya conocen.
El autoritarismo, con el tiempo, agota. Y la apertura irrestricta, con el tiempo, desorienta. La alternancia no sería, entonces, el péndulo izquierda-derecha que solemos invocar, sino el péndulo entre el orden y la libertad, con la ideología como variable secundaria, no como motor.
Es verdad que existe una correlación histórica entre derecha y mano dura, entre izquierda y justicia social. Pero se trata de una correlación, no de una identidad. La historia latinoamericana ofrece ejemplos sobrados de izquierdas que gobernaron de manera autoritaria y de derechas que abrieron espacios de participación y diversidad.
Lo que el elector promedio registra no es el programa sino el tono, no la doctrina sino la textura del poder.
El argumento recibe una confirmación empírica inesperada de un artículo publicado en la revista Seúl, firmado por el analista político Ignacio Labaqui. Su título es ya una tesis: “No hay giro a la derecha en América Latina”.
Su argumento central es demoledor para los entusiastas de las interpretaciones ideológicas: “lo que hay es una década de derrotas oficialistas y triunfos opositores, una ola anti-incumbente que no distingue signos ideológicos”.
Los datos lo respaldan sin ambigüedad: en lo que va de la década, lo habitual sigue siendo la derrota de los oficialismos -el 76% de los casos- frente a apenas un 24% de continuidades.
“No fue un giro a la izquierda cuando ganaron Boric y Lula, como no es uno a la derecha con Fujimori y De la Espriella”
Lo que estamos viendo, hace años y ahora, es una ola anti-oficialismo que no distingue signos ideológicos.
El caso argentino ilustra la tesis con la claridad cruel de los ejemplos demasiado perfectos. Cristina Kirchner gobernó con un estilo que tendió progresivamente al control: de los medios, del mercado, de los relatos. La sociedad, agotada de ese orden, votó a Macri.
Macri gobernó con una apertura que desembocó en inestabilidad económica y sensación de desamparo. La sociedad, desconcertada, volvió al kirchnerismo con Alberto Fernández.
Alberto gobernó con la peor combinación posible: cierre sin orden, apertura sin libertad. La sociedad, exasperada, eligió a Milei, que llegó prometiendo destruir el Estado que todos los anteriores habían usado a su favor.
El péndulo no describió un arco ideológico: describió un arco emocional. Hartazgo, esperanza, decepción, hartazgo otra vez.
Labaqui señala que detrás de esta tendencia anti-oficialista hay un claro descontento ciudadano, alimentado por la escasa capacidad de los estados latinoamericanos de proveer bienes públicos básicos y atender las demandas sociales.
Es cierto. Pero hay algo más profundo aún: la gente no sólo vota contra la incompetencia. Vota contra la sensación de que el gobierno ocupa demasiado espacio en su vida, o, a contrario sensu, de que la abandona en el vacío. Vota, en definitiva, contra una experiencia vivida, no contra un programa leído.
“El péndulo democrático es implacable: cuando nos sobra control exigimos libertad, y cuando el exceso de apertura deviene en caos, reclamamos orden”
Si esto es así, las consecuencias para pensar la política son considerables. Los partidos que triunfan no deberían confundir el mandato recibido con una aprobación de sus ideas. Gobiernan porque el otro cansó.
Y si gobiernan mal -o si gobiernan demasiado, o demasiado poco- serán ellos los próximos en ser arrojados por la marea. Serán los actuales gobiernos de derecha quienes deberán rendir cuentas en el próximo turno electoral, el cual permitirá evaluar si América Latina ha efectivamente girado o si simplemente continúa castigando a quien esté en el poder.
La democracia aparece así como un mecanismo de ajuste permanente. Cuando el orden amenaza con restringir libertades, la sociedad reclama apertura. Cuando la apertura parece derivar en descontrol o ineficacia, reclama autoridad. Cuando el Estado avanza demasiado, exige límites. Cuando se retrae excesivamente, demanda protección.
Y quizás allí resida una de las mayores virtudes de la democracia: permitir que las sociedades corrijan periódicamente el rumbo sin necesidad de rupturas traumáticas. No se trata tanto de una disputa permanente entre izquierda y derecha como de una tensión constante entre libertad y orden, entre autonomía y protección, entre apertura y autoridad.
La ideología es el disfraz. El hartazgo es el motor. Y la democracia, en su sabiduría ruda y muchas veces ciega, no elige el futuro que quiere: elige el presente del que ya no aguanta más.
(*) Por Jorge Eduardo Simonetti






