Análisis visceral
El próximo 29 de abril se perfila como un escenario de confrontación que, paradójicamente, podría transcurrir a puertas cerradas. No porque falte público, sino porque lo que allí se ventila parece ser de interés exclusivo para las “intercastas” políticas. Se ignora, con una liviandad que asusta, el mandato del Artículo 101 de nuestra Constitución, que exige información real y rendición de cuentas, no un desfile de vanidades.
Mientras el oficialismo intentará elevar al Jefe de Gabinete a un pedestal de santidad laica – donde cuestionar su incremento patrimonial o sus viajes a Aruba sea visto casi como un sacrilegio -, la oposición se moverá con la cautela de quien sabe que tiene el techo de cristal.
Esa resistencia a “montar la de San Quintín” no es respeto institucional, es instinto de supervivencia: nadie quiere que le saquen un trapito al sol cuando el sol quema para todos.
Es aquí donde la figura de Carlitos Balá cobra una vigencia inesperada. Al decir “Seriola con techito por si llueve”, no estamos ante una humorada infantil, sino ante la radiografía de una dirigencia que, lejos de ser estúpida, sabe perfectamente cuándo ponerse a resguardo.
Es el código de la infancia aplicado a la picardía del poder: “acá ninguno come vidrio”.
Análisis Racional
La realidad es que el “Sambenito” ya está colgado.
La condena popular no se revierte con seis horas de oratoria si el ciudadano de a pie siente que le están ofreciendo un “circo romano” subdesarrollado.
Si analizamos esto con el rigor de la actividad privada, estaríamos ante una reunión de directorio donde el Gerente General debe explicar la marcha del negocio a sus accionistas.
En ese mundo, hacerse el ofendido y retirarse es, llanamente, presentar la renuncia. En el Estado, sin embargo, parece ser una estrategia de comunicación.
Esperemos que la sesión no termine en un atolladero que nos convierta en tapa de los diarios del mundo por un escándalo evitable. Las 5.000 preguntas acumuladas son el síntoma de una gestión que ha generado más incógnitas que certezas.
Este 29, en lugar de comprar el pochoclo rancio que nos proponen desde el estrado, mejor refugiarse en la tradición: un buen plato de ñoquis con salsa.
Es más nutritivo, más honesto y, sobre todo, mucho más fácil de digerir que este simulacro de transparencia.
(*) Edmundo “Mundy” Fuster – Analista, Consultor y Columnista de Opinión






